LA cofradía de Las Aguas (o de Luz y Aguas, como se la llamaba antes, en los tiempos de Rafael Corbacho) vuelve a salir hoy del oratorio de San Felipe Neri. Es como si la ciudad volviera a sumergirse en el túnel del tiempo. Porque ya ni el oratorio de San Felipe Neri es la sede de esta cofradía, ni en realidad es un oratorio. Aunque siga presidido por la Inmaculada de Murillo, que para algunos eventos que allí organizan no queda como el telón de fondo más adecuado. El cierre de la Catedral Vieja ha devuelto la actividad cofradiera al Oratorio. Y eso nos debe llevar a reflexionar sobre la identificación de una hermandad con el lugar donde reciben cultos sus imágenes.
Los templos no se pueden utilizar como garajes de pasos. Cuando cierran un templo por obras, hay que salir de algún lugar. Pero unas imágenes religiosas deben estar en un templo donde los feligreses puedan testimoniarle su devoción. Y eso, en Cádiz, a veces es difícil o imposible. La identificación con un barrio tampoco es frecuente, excepto en casos como La Viña con el Cristo de la Misericordia, o Santa María con el Nazareno. Y las dos cofradías que llegan de Extramuros, la de Borriquita y el Señor Despojado, tampoco son de barrio, aunque la de Salesianos se puede considerar de colegio.
El primitivo Cristo de las Aguas estaba en San Antonio y allí se quedó. Le encargaron el actual a Francisco Buiza, que lo talló en 1982, para salir con la cofradía. Por necesidad, las Aguas ha vuelto a San Antonio temporalmente. De allí se había ido al oratorio de San Felipe Neri y después a la iglesia del Pilar, en el colegio marianista de los Extramuros, de donde se fue a Santa Cruz, primero para salir y después para quedarse. Es un caso de cofradía migratoria por las circunstancias. Su sitio natural sería San Antonio, que es donde tiene sus orígenes.
Sin embargo, el oratorio de San Felipe Neri también forma parte de la memoria de Las Aguas. Tiene uno de los mejores pasos de misterio de Cádiz, de los más completos. Y de los más difíciles de ubicar en un templo, por sus dimensiones. Una utopía sería que el Oratorio volviera a ser un oratorio. Es decir, que se vuelva a utilizar como un templo y no como espacio multiusos. Con todas sus consecuencias, como cuando el padre José Antonio decía las misas, como cuando estaban los marianistas.
Allí se reunieron las Cortes, pero utilizar una iglesia, que mantiene santos y altares, para conferencias y eventos no tiene sentido, pasado el Bicentenario. Podría volver a ser un templo. Al menos, hasta el Tricentenario de las Cortes en 2112.
José Joaquín León
