ERAN las 19:55 horas del 24 de mayo de 2026, día de María Auxiliadora, domingo de Pentecostés. fiesta en el Rocío, cuando el Cádiz recuperó la leyenda de los viejos milagros. Era una tarde de viento de levante fuerte. Y por fin el Cádiz, después de muchos años, supo jugar con el viento como aliado. Y fue como si volviéramos a una noche de ventolera contra Osasuna, en aquella liguilla de la muerte de 1987, que se inventó Manuel Irigoyen para que el Cádiz no descendiera a Segunda. O aquella noche loca de los penaltis contra el Málaga, en 1991, cuando Pepe Szendrei se vistió de superhéroe.

 

Un minuto antes de que ocurriera el milagro aún ganaba el Cádiz por 1-0, gracias a un gol de Lucas Pérez, que se fue del Cádiz para ascender con el Deportivo de la Coruña de Segunda B a Segunda A con Idiakez en el banquillo. Y que estaba sin equipo, y no ha podido ascender a Primera con el Deportivo en Valladolid, pero esa misma tarde marcó en Cádiz el gol que solo puede un delantero veterano, capaz de liderar a esos jóvenes que corrieron como nunca. Si hubieran corrido así en toda la segunda vuelta, no hubieran perdido nueve partidos seguidos en casa.

A esa hora, cuando el Cádiz ya estaba reculando, empezaron a aparecer por el estadio los fantasmas del descenso. Un gol del Leganés podía condenar al Cádiz. Se estaban acercando, con viento a favor, a la portería de David Gil, el portero que ha calmado el desbarajuste de esa defensa, en la que el héroe ha sido Pelayo, un futbolista marginado hasta que Idiakez lo rescató. Ha sido un acierto echar a dos entrenadores, porque a Garitano se le fue el vestuario de las manos, y Sergio empezó ganando al Mirandés (ojo, gracias a lo cual ya está el Cádiz salvado), pero tropezó con algunos jugadores, que es la antesala para perder hasta que te echen.

Y entonces, en un chut del Leganés, el balón dio en el larguero, y un defensa visitante no fue capaz de despejarlo, y se quedó solo un chaval llamado José Antonio de la Rosa, con todo el campo para él, pero con dos defensas persiguiéndolo y con el viento en contra, y empujaba el balón, como si corriera agónico hacia el fin del mundo, y se plantó ante el portero, que se le aparecería como un gigante, y disparó con toda su alma y el balón entró como un obús.

En aquel momento entendimos que, después de muchos años, Dios había vuelto a ponerse la camiseta amarilla del Cádiz. De la Rosa se quitó su camiseta, quizás porque creyó que ya no era la suya. Y fue entonces cuando vimos que a Dios también le pueden enseñar una tarjeta amarilla.

José Joaquín León