AL llegar otro Domingo de Ramos se vuelve a hablar de la paz en el mundo. Al llegar la Semana Santa, como pasa en Navidad, parece que los hombres y las mujeres sienten que les falta algo, que la vida cotidiana está demasiado enmarañada con cuestiones que los agobian y distraen de lo principal. No se puede encontrar la felicidad en una guerra. Toda guerra encubre un intento de imponer un poder. A veces puede ser una guerra en legítima defensa, o volverse necesaria para no sucumbir. Sin embargo, procede de un fracaso, porque el ideal del ser humano es vivir en paz.
La paz está presente en la Semana Santa. En Andalucía, es frecuente que en cualquier ciudad o pueblo exista una cofradía con el Señor de la Paz o la Virgen de la Paz entre sus titulares. Puede que esa advocación tenga sus orígenes en una guerra, sea la guerra civil de 1936, u otra anterior. Pero siempre la paz se presenta como bien deseable.
La paz está en los fundamentos del cristianismo y singularmente en la Pasión. Jesús responde con la paz a la violencia. Jesús entra en Jerusalén en una borriquilla, rodeado por el cariño de sus discípulos y seguidores, para dar un mensaje de paz y conversión. No entra como un caudillo vencedor, que siembra la violencia y la revancha. Después, cuando es prendido en el Huerto de los Olivos, exige a Pedro que guarde la espada y que no le defienda. Y, cuando es insultado o humillado por los poderosos, responde con sus silencios. Y, cuando es torturado, abofeteado, flagelado o coronado de espinas, no se rebela y lo acepta con resignación.
A las tentaciones responde con humildad y paciencia, con la paz interior y exterior que pregona sin necesidad de palabras. Incluso cuando le preguntan por qué no se salva a sí mismo. Es el todopoderoso Hijo de Dios, que hace milagros con otros, pero no hace alardes de su condición divina consigo mismo. Muere en la cruz como un hombre, como tantos que han muerto por la violencia y el odio. Como los ejecutados.
Después de sufrir el martirio, su mensaje de esperanza está en la Resurrección. No es un consuelo, o un mal menor, como réplica al daño recibido. Es una promesa de salvación, que va más allá del tiempo y del mundo, que remite a algo que parece imposible para el ser humano: la eternidad. Y ese camino de salvación lo ha recorrido Cristo dándonos un testimonio de paz, que es su receta para combatir el mal.
José Joaquín León
