RESULTA muy bonito escribir hoy sobre reconciliación, al haberse cumplido ayer 90 años desde el comienzo de la guerra civil de 1936. Aquello empezó como un golpe de Estado. Pero terminó de la manera más vil posible: con las dos Españas asesinando. Y no sólo unos u otros. Hoy parece que solo asesinaron los franquistas, pero los del otro bando también. Y, además, comunistas pro-soviéticos asesinaron a republicanos, a trotskistas, y a otros que no pensaban igual. Aún no se sabe dónde están los restos de Andreu Nin, líder del POUM, asesinado por los soviéticos. De eso hay poca memoria. Pero ahora tenemos otra reconciliación: con Puigdemont.

Reconciliación, según el diccionario de la RAE, significa “volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos”. Es un poco enrevesada esa definición. Es más sencilla la del Diccionario Panhispánico del Español Jurídico, que lo define como “arreglo de discrepancias o contenciosos”. En este país se ha reconciliado poco, y se supone que las culpas deben asumirlas los otros. Sin embargo, en la Transición, los dos bandos de la guerra civil se reconciliaron, sin que eso significase que unos hicieron todo mal y otros todo bien, ni la equidistancia entre una dictadura pro-fascista y una república que se quedó controlada por la dictadura soviética y se les notó demasiado. Y que siguieron fusilando a los disidentes después de la guerra civil. En la posguerra se fusiló mucho, en la España franquista, pero también en la URSS comunista.

De eso sabía bastante Santiago Carrillo, que era el líder del PCE y fue uno de los artífices de la reconciliación, a partir de 1976. El rey Juan Carlos I publicó un libro memorial titulado Reconciliación, donde contó algunas cosas de interés. Ahora se olvida que fue esencial para la reconciliación verdadera, que era eso, no lo de ahora con Puigdemont.

Se podría decir, parodiando al sabio refranero español, que “vuelto el perro se acabó la rabia”. Yo soy firme partidario de que vuelva, para que dejemos de escribir de Puigdemont. Ya no tiene nada que decir, y se le van a escapar más de la mitad de sus votantes a Aliança Catalana para hacer la cruzada contra los moros. En este país, interesa mucho tener un enemigo, sea moro o cristiano. Por eso, el discurso de León XIV sorprendió. Aquí gusta insultar, crispar, engañar a la gente, y comprar votos para seguir en el Gobierno. Aunque sea con una ley de Amnistía, en beneficio de delincuentes que no han pedido perdón, ni se han arrepentido, condiciones básicas para una reconciliación.

José Joaquín León