l Devociones del pueblo. El cristianismo, a diferencia de otras religiones, buscó en la belleza del arte un camino para atraer a los fieles y expresar la fe
LA gran belleza de Dios está presente en la Semana Santa de Sevilla. Es uno de los motivos de su pervivencia en el tiempo. Si Dios es perfecto, debe ser inmensamente bello. Si Cristo es el Hijo de Dios, hay que representarlo con belleza incluso en el dolor. Si María es la Madre de Cristo, también Ella debe estar adornada con la gran belleza divina. Puede que el canon de lo bello haya evolucionado con las generaciones y las civilizaciones, pero siempre se ha mantenido como un ideal.
Y puede que la Iglesia católica, en el devenir de los tiempos, al predicar la justicia, el amor al prójimo y a los que sufren, y a los oprimidos, y a los heridos por la vida, haya olvidado en parte que ese ideal de belleza no es incompatible con esa preocupación social. En la piedad popular (que viene del pueblo) y en las tradiciones está presente el interés por lo bello para acercarnos a Dios.
Un ejemplo reciente de la importancia que tiene para el pueblo fiel lo encontramos en la restauración de la Esperanza Macarena. Las críticas que surgieron lamentaban que la imagen había perdido su belleza, que parecía otra. Había que recuperarla. El valor sagrado de esa imagen, con un aspecto o con otro, sería el mismo. Pero su belleza formaba parte de su valor. Es uno de los ingredientes que llama a la devoción.
En el II Congreso de Hermandades y Piedad Popular, que tuvo lugar en Sevilla en diciembre de 2024, intervino el arzobispo Salvatore Fisichella, pro prefecto del Dicasterio para la Evangelización, que pronunció una interesante conferencia, titulada “Teología de las cofradías”. Uno de sus apartados se titulaba “Las cofradías a la luz de la belleza”. Está publicado en el libro del Congreso. En su intervención dijo que lo que más atrae de la Semana Santa a tantas personas es “la belleza de las tradiciones que las generaciones se transmiten celosamente de padres a hijos y que son fruto de la fe de una comunidad”.
Fisichella iba más lejos y apuntaba que “sin belleza no existe amor y sin belleza no tendríamos el inicio de la fe cristiana”. Porque el cristianismo, a diferencia de otras religiones, supo expresar la fe a través de la belleza. De ahí surge el arte cristiano. Y, por eso, el folklore no es un estorbo, ni una adherencia pagana, sino que debe usarse al servicio de la religiosidad. Precisamente, cuando esto se ha olvidado, en algunos países y comunidades ha decaído la fe cristiana. En ese sentido, también cita al teólogo Urs von Balthasar, que escribió: “En un mundo que ya no se cree capaz de afirmar lo bello, los argumentos a favor de la verdad han agotado su fuerza de conclusión lógica”.
Estos planteamientos que se hicieron en el Congreso de Sevilla, me recuerdan una frase del escritor portugués Gonçalo M.Tavares, del que José Saramago dijo que alguna vez sería Premio Nobel. Tavares, que es uno de los mejores escritores contemporáneos, es autor de una frase rotunda: “Quien haya embellecido al menos una cosa del mundo no irá al infierno”.
La gran belleza divina está presente en la Semana Santa de Sevilla. Hoy es Domingo de Ramos. ¡Cuánta belleza aparece ante nuestros ojos! ¡Y cuanta poesía sin necesidad de versos! El Cristo del Amor, muerto en la cruz con su serenidad, es un ejemplo perfecto de esa frase apuntada por Fisichella. Porque sin la belleza no existiría ese Amor que nos lleva a la fe cristiana. El Amor se plasma en el Crucificado del Salvador a través de la muerte, que es el momento más duro y triste que sufre el ser humano. ¿Cómo puede surgir lo bello a través del dolor, del sufrimiento? No se oculta el patético terror de su muerte. Y, sin embargo, todo lo que podría ser horrible se hace trascendente, gracias a la fuerza de la belleza que vemos en el Hijo de Dios.
La gran belleza de la Semana Santa está también en el llanto de la Virgen. Pensemos en la Estrella iluminada por la luz de su candelería. En esas lágrimas como diamantes preciosos, que brillan más en el contraste oscuro de la noche, cuando la luna la acompaña en el cielo, al cruzar el puente de vuelta a Triana. En su dolor también está presente lo bello.
En la Amargura también podemos ver la belleza. No hay dolor más amargo que el de esa Virgen que sale de San Juan de la Palma, que busca respuestas imposibles en su diálogo sin palabras con San Juan. Y, sin embargo, lo más bello es el contraste. Lo más sublime es su dolor amargo. Lo que mejor nos suena es un su diálogo sin palabras. Lo que más nos impresiona es verla junto a San Juan, que nos representa a todos y que siente la impotencia de no poder calmar su llanto. En ese paso, todo es perfecto: la orfebrería más sutil, los bordados más primorosos.
Tanta belleza no se basa en el egoísmo y lo superficial. Esta belleza lleva a la caridad, que es el fruto del amor. Y la caridad está presente el Domingo de Ramos en la belleza suprema de quienes le ofrecen su vida a los más pobres y desvalidos. La Amargura ante el convento de las Hermanas de la Cruz, rota ya la noche del Domingo de Ramos, es el testimonio supremo de lo que no se puede decir con palabras.
Allí, en ese momento, se entiende mejor la Semana Santa. La belleza que nos lleva al amor. La belleza que nos regala el tesoro precioso de la fe. Creemos porque vemos. Creemos porque la gran belleza de Dios se hace realidad.
José Joaquín León
