HOY es Miércoles de Ceniza. Se cumple justo un mes desde los accidentes ferroviarios de Adamuz. Aquella tarde del domingo 18 de enero unos viajeros subieron a un tren Iryo en Málaga, con destino a Madrid. Otros subieron en la estación de Madrid-Atocha en un tren Alvia, con destino a Huelva. Sus destinos se cruzaron en el término municipal de Adamuz (Córdoba). y no se sabe aún lo que pasó, pero ambos trenes colisionaron y descarrilaron. Murieron 46 personas y 126 resultaron heridas. Tarde apocalíptica. La muerte segó unas vidas repletas de ilusiones. Mayores, maduros, jóvenes, niños... Con el recuerdo de un viaje que nadie sabía que sería mortal. Con los sueños rotos, con la vida segada. Después se habló del dolor, la solidaridad y el luto.
Hoy, un mes después, quedan sus cenizas en diversos lugares de Andalucía. Y queda la memoria abierta, como una herida que nunca cicatrizará. Hoy las cenizas del miércoles nos recuerdan lo efímero de la vida, el instante fugaz del tiempo en que vivimos. Todo se convertirá en anécdota cuando pasen los siglos. Recuerda que las cenizas son tu destino y que sólo la fe nos salva. Recuerda que el tiempo se apaga como una vela, cuando la llama de amor viva llega al final de su pabilo, o cuando sopla el viento. Recuerda que la memoria perdurará más, pero también se va difuminando. Llegarán nuevas generaciones que no vivieron aquel pasado remoto.
Y, sin embargo, las cenizas son el testimonio de que existió aquello que perdimos. Y que merecía la pena vivir cada día, como si no hubiera trenes para desafiar al destino; a sabiendas de que lo que acontece es imprevisible. El mayor milagro es levantarse cada mañana para vivir. Los templos se llenarán hoy de cirios encendidos, en los altares brillará la luz de las candelerías. El polvo de la ceniza ensuciará nuestras frentes, pero limpiará nuestras almas. Y quedará la esperanza de entrar en Jerusalén un Domingo de Ramos, ese día feliz en que acompañaremos a Jesús cuando se suba en una borriquita para bajar una rampa.
Es útil no pensar cuando se duda. Pero es mejor seguir el camino de la vida, avanzar, sabiendo que cada instante es breve, y a la vez es enorme, porque la dimensión no es objetiva, sino la que significa para cada uno de nosotros. En el silencio de los templos no hay cenizas laicas, están bendecidas por el Amor sobrenatural del sagrario. Hoy se recuerda que cada día subimos a un tren invisible, que recorre parajes sombríos o luminosos, sin que sepamos cuando llegará a la última estación de nuestras vidas.
José Joaquín León
