SER turista en Sevilla no es una maravilla. El turista en Sevilla tiene mala fama. El turista no tiene quien le escriba elogiosamente, ni nadie lo califica como un enamorado de Sevilla que viene a ver la ciudad con los ojos de Romeo debajo del balcón de Julieta. El turista en Sevilla se dice que sobra, que sólo sirve para estorbar en Semana Santa en las bullas, para merodear sin rumbo coherente por la Feria, para comprar entradas de los toros en la reventa, y para dar por saco el resto del año. El turista en Sevilla parece que no contribuye a elevar el PIB de la ciudad. Y, para colmo, se le menosprecia, y se le considera un turista de chanclas y bermudas, que intenta entrar en la Catedral como si estuviera en el paseo marítimo de Torremolinos. Y que es un muerto de hambre, que viaja a Sevilla con pocos euros. El turista no es una prioridad nacional, ni llega en pateras o cayucos.

Sin embargo, en Sevilla venga a construir hoteles de cinco estrellas gran lujo y de cuatro estrellas, que ya hasta parecen pocas. Y en hostales de una estrella, en Semana Santa y Feria, cobraban más de 200 euros por dormir una noche. Por no hablar de los precios de las suites en los hoteles del casco antiguo. Y basta con darse un paseo por la Avenida, la plaza Nueva y la plaza de San Francisco para ver lo que allí está sucediendo con señeros edificios. En otros tiempos (que se suponen más esplendorosos, vistos desde la distancia) el único hotel que existía en la plaza Nueva era el Inglaterra de Otero, al que los periodistas y escritores iban mucho para la Feria del Libro y para intentar ligar en el Trinity. Sin embargo, ahora lo raro es que quede algún edificio en la plaza Nueva que no sea hotel. Cualquier día venden el Ayuntamiento para hotel de lujo.

Lujo por aquí, lujo por allí. Y, mientras, diciéndoles a estas criaturas turísticas que son de bajo coste y están tiesos. Y es verdad que no todos los turistas pagan 300 euros por dormir una noche, o más. Y también es cierto que algunos se alojan en los tropecientos pisos que alquilan los sevillanos, incluidos algunos que se quejan del turismo, pero caen en la tentación. Vivimos grandes contradicciones.

En la procesión eucarística del Sagrario (que es de chaqué, y de lo más exquisito de la ciudad), nos encontramos detrás de la banda de música Villa de Osuna un pelotón de turistas haciendo fotos. Iban incluso siguiéndola por el itinerario, cual devotos. Yo no sé a dónde vamos a parar. Los turistas han cambiado el paisaje urbano sevillano. Son una plaga en primavera. Nos podemos preguntar: ¿y por qué ahora está tan de moda Sevilla? Esa es la cuestión.

José Joaquín León