EN Los Remedios, barrio plagado de calles dedicadas a la Virgen, existe la del Monte Carmelo. Al llegar el 16 de julio, recordamos que Sevilla es una ciudad con una profunda devoción a la Virgen del Carmen, herencia de su historia marinera, pero mantenida por el fervor de ser ciudad tan mariana. A lo largo del tiempo, esa devoción se acentuó. Aún hoy es de las pocas ciudades que mantiene conventos de las diversas órdenes del Carmen: frailes carmelitas descalzos en el Santo Ángel, frailes carmelitas calzados en el Buen Suceso, monjas carmelitas descalzas en el convento de Las Teresas, de Santa Cruz, monjas carmelitas calzadas en el convento de Santa Ana, del barrio de San Lorenzo.

Las órdenes están en los principales enclaves de la religiosidad. Y lo mismo se puede decir de las imágenes de gloria del Carmen. Además del Santo Ángel y el Buen Suceso, hay hermandades en barrios históricos como Triana, San Gil, Santa Catalina, la Alameda (Calatrava), o en barrios del siglo XX, como la Huerta del Carmen (San Leandro), entre otros templos y hermandades. Y la Virgen del Carmen está en la Semana Santa, en la cofradía que sale el Miércoles Santo de Omnium Sanctorum.

Se suele mencionar la anécdota de Santa Teresa de Jesús, cuando vino en 1575 para fundar el convento en Sevilla, y observó que el demonio “tiene aquí mucha mano”. Santa Teresa, doctora de la Iglesia, es una de las cimas espirituales de todos los tiempos. No se debe exagerar lo que dijo de Sevilla, sabía que era tierra abonada para la buena siembra. Algunas veces se comenta, a modo de broma, que si la Virgen del Carmen, en vez de entregar el escapulario a San Simón Stock en Aylesford (Inglaterra), se lo hubiera dado en Sevilla, no lo hubiera recibido el 16 de julio de 1251, sino el 16 de enero, y la fiesta se celebraría con un tiempo más fresco.

Pero los calores de julio, con el Carmen, no suelen ser los más rigurosos del verano. Es tiempo de fiestas patronales en municipios costeros, y también del interior. Pues el amor a la Stella Maris se propagó por todos los confines. Es una devoción a la que Sevilla ha contribuido, y lo sigue haciendo. Es una devoción de oraciones y recuerdos, que no se expresa con el folklore, sino con sentimientos, con espiritualidad. Así se mantiene “la llama de amor viva” en la historia mariana de la ciudad.

José Joaquín León