ADEMÁS del tranvibús, en Sevilla aún existe el tranvía. No se sabe qué es más difícil: que un camello pase por el ojo de una aguja, que Andalucía supere la media europea en el informe PISA, o que un tranvía llegue a su parada final de la plaza Nueva. Cada cosa tiene su cosa, como dirían los chavales de la comprensión lectora. Para pasar por la aguja depende del tamaño de la aguja; tampoco es igual un camello de una cabalgata de reyes magos de barrio o un camello cargado de hachís en un narcopiso. Lo del informe PISA de los niños andaluces merecería una peregrinación de Juanma Moreno y Manuel Gavira, para rezarle a la Virgen del Rocío, aunque sea por separado, como la última vez. Y lo del tranvía es misión imposible. Porque en Sevilla los tranvías tienen mala prensa y están gafados.

Los capillitas saben que un tranvía atropelló al paso de la Virgen de la O en 1943, y que ese suceso convirtió en capataz a Salvador Dorado El Paytente (luego oficializado como El Penitente) que iba de costalero. De la leyenda del mítico capataz se han escrito ríos de tinta, como para enturbiar el Guadalquivir. Pero la otra leyenda, que ha quedado, es que los tranvías sirven para fastidiar. En Triana no se ha vuelto a ver un tranvía desde el siglo pasado.

Los tranvías fueron eliminados de la circulación, y no por arrollar al paso de la Virgen de la O, ni por otros accidentes con peatones. No solo pasaba aquí. El célebre Gaudí de la Sagrada Familia murió atropellado por un tranvía en Barcelona. En todo caso, se suponía que los autobuses eran más modernos y más rápidos. Los tranvías necesitaban vías, catenarias y otros elementos que estorbaban. Cayeron en desgracia.

En Bruselas, a finales del siglo XX, decidieron llenar Europa de tranvías. Sevilla se sumó a la moda, con subvenciones y otras formas de trincar, en el buen sentido de la palabra. Hubo protestas, como siempre que se hace algo nuevo; pero el tranvía no se cargó la Avenida para la Semana Santa, como se temía, sino que la Avenida se cargó al tranvía. Y no solo para la Semana Santa, sino para casi todo el año, como se está viendo. Por otro lado, en la Plaza Nueva, a donde raramente llega, ¿qué queda? Hoteles y un ayuntamiento.

El tranvía de Sevilla es otro quiero y no puedo, está infravalorado, queda bonito para verlo en postales antiguas.

José Joaquín León