POCO más de nueve meses han transcurrido entre dos accidentes ferroviarios de máxima gravedad en España, con un balance total de más de 100 fallecidos. Ambos han afectado a trenes de alta velocidad en la línea que une Madrid con Sevilla. Con el suceso de Adamuz (Córdoba) el 18 de enero de 2026 y el de Urda (Toledo) el 28 de octubre de 2026 se ha escrito la historia más negra del AVE en España. Los dos terribles siniestros han sucedido con Óscar Puente en el Ministerio de Transportes y con Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. Aparte de los errores personales que pueda haber en ese accidente, y de los fallos técnicos en el sistema de seguridad, se deben asumir las responsabilidades del Gobierno sanchista, que ha convertido el ferrocarril español en una vergüenza mundial.

Para hoy se había convocado una huelga de maquinistas de Renfe en España. Protestan por las penosas condiciones en las que desarrollan su trabajo. Además de la alta velocidad, con ese horror de muertos, funcionan mal los trenes de Cercanías (no sólo Rodalies de Cataluña) y los de Media Distancia. Los viajeros sufren frecuentes retrasos, suspensiones de servicios y un desbarajuste que nos acerca más al mundo subdesarrollado que al europeo.

En los accidentes graves suelen influir circunstancias adversa y la mala suerte. En Adamuz hubo mala suerte. En Urda también. Pero cuando hay tanta mala suerte, no es por casualidad. Según dijo ayer el ministro Óscar Puente, seis trenes (entre ellos el Iryo) se pararon porque hubo una avería en el sistema LZB de seguridad. ¿Por qué falló? El AVE reanudó la marcha por una orden errónea, con luz roja. Tremendo error, pero tuvieron 17 minutos para que se detuviera el tren, que antes de chocar recorrió unos 25 kilómetros sin que nadie se lo advirtiera. ¿Por qué? Por causas inexplicables, que deberán explicar. Aunque el accidente de Adamuz todavía no se ha explicado en sus detalles.

A veces se cometen errores humanos, no se pueden negar ni justificar las responsabilidades individuales. Un error humano puede causar muchas muertes. Pero un error humano puede limitarse al mínimo en los tiempos de la inteligencia artificial. En este desastre influye algo más que un error humano. También condiciona, y mucho, que en los despachos del Ministerio de Transportes no haya inteligencia, sino negligencia, con un desalmado sectarismo, con una burda insolencia, o algo peor.

José Joaquín León