LA trágica muerte del joven cordobés Álvaro Prieto ha puesto de actualidad un escenario olvidado de Sevilla: los alrededores de la estación de Santa Justa. Es decir, lo que hay más allá de las vías, en dirección hacia Córdoba, precisamente. Los talleres de Renfe están en la zona donde apareció el cadáver. Pero más hacia las afueras existen unas auténticas cloacas ferroviarias, que parecen salidas de un mundo abandonado e insólito. Pasan desapercibidas, quizás porque sólo se pueden ver desde los trenes y muchos viajeros no se fijan. O les parecerá inevitable y rutinario. Es una visión decadente, que remite a películas en un territorio apocalíptico, al estilo Mad Max, o evoca escenarios de supervivencia, como los de la novela La carretera, de Cormac McCarthy.

VUELVE la selección de España al estadio de La Cartuja, para disputarse con Escocia el primer puesto de su grupo de la Eurocopa. Curiosamente, vuelve en el día de la Hispanidad. Si es que existe la hispanidad, pues ahora a los hispanos los llaman latinos, mientras se sigue falsificando la historia. También ha coincidido con la designación de España, junto a Portugal y Marruecos, como sedes del Mundial de 2030, a las que han sumado Uruguay, Paraguay y Argentina (tres países hispanos, donde se habla en español), que acogerán los primeros partidos de sus selecciones. Una fórmula extravagante, para que la FIFA presuma de universalidad, con partidos en tres continentes y seis selecciones clasificadas de oficio; es decir, sin jugar la fase previa. A Sevilla, en esa rifa, parece que sólo le van a tocar partidos en un estadio: La Cartuja.

ES costumbre en este país y en esta ciudad poner el parche después de que salga el grano y reviente. Después del incendio de la discoteca de Murcia, a controlar las discotecas. Después de las caídas de ramas de los ficus en Triana y la Encarnación, a controlar los ficus. Después del accidente de autobús de servicio discrecional en Cádiz, con tres muertos (entre ellos, una joven de Castilleja de la Cuesta), supongo que se dedicarán a controlar los frenos de los autobuses. Si, de paso, impiden que aparquen en doble fila a la vera de Capitanía, sería mejor. Pero queda otra asignatura pendiente: los patinetes. Y temo que no controlarán sus frecuentes abusos hasta que lamentemos una desgracia grave.

EL martes otra vez sufrieron retrasos algunos trenes AVE de Andalucía, por una avería ocurrida en la estación de Atocha. Para eso es mejor que no le hubieran dedicado la estación a Almudena Grandes, como acordaron en una decisión polémica. La de Santa Justa todavía no se la han adjudicado a Gustavo Adolfo Bécquer ni a Luis Cernuda. Esta última avería ha sido molesta, aunque no de las peores, sino una más. No fue como la que ocurrió con la dana de principios de septiembre, que puso en jaque al AVE, al ocasionar un tremendo caos en los desplazamientos. Los problemas en la línea entre Sevilla y Madrid comenzaron un domingo, el día de los daños por la catástrofe natural, pero siguieron en las jornadas sucesivas. Y lo peor: el sistema ferroviario español quedó señalado. Está perdiendo su halo de modernidad.

ALGUNAS paridas que aparecen en la campaña electoral se olvidan después. Porque surgen otras paridas tapadas, como la amnistía. Vamos hoy con un poco de memoria histórica reciente. Los precios están por las nubes, el aceite de oliva parece un lujo para los ricos que quieren escapar de la Tierra en cohete. El Gobierno no ha acertado con sus medidas para bajar la inflación de los alimentos, y Yolanda Díaz ya no habla de supermercados, sino que visita a Puigdemont. Escribí que Sumar, la plataforma de Yolanda, tiene un nombre que recuerda al de Suma, una franquicia de supermercados. Quizás por eso, en mayo, Ione Belarra dijo que el Gobierno debería crear unos supermercados públicos que se llamarían Precios Justos. Una idea copiada de Venezuela, donde fracasaron. Ione proclamó como enemigo a Juan Roig, presidente de Mercadona, al que calificó como “capo”.