ALGUNOS pensarán: con la que han montado entre la Ayuso y el Iglesias, y este hombre va a escribir de los topolinos. Y, además, una semana después. Pues sí, no lo olvido, es un asunto esencial para Cádiz y la humanidad. El día11 de marzo, las fuerzas de la Policía Local emprendieron la Operación Topolino, para disolver a más de 300 personas concentradas en la calle Ancha gaditana. No estaban allí para manifestarse ante la sede del PSOE como protesta por el posible cierre de la factoría de Airbus en Puerto Real, ni para exigir la ampliación de la carrera oficial de la Semana Santa hasta la plaza de San Antonio, ni mucho menos para asistir a una conferencia de Irene Montero en el salón de actos de la Asociación de la Prensa. Por el contrario, se habían concentrado para la apertura primaveral del Salón Italiano (más conocido como Los Italianos), que se iba a celebrar regalando topolinos.
EN la ciudad de Cádiz había varios abogados que hacían ilustre a su colegio. Cada cual con su estilo, pero todos como ejemplo de algo que se está perdiendo: el señorío. Es justo lo contrario del señoritismo y la chulería. Es el saber estar, la referencia, el modelo a seguir y la coherencia. Uno de ellos era José Antonio Gutiérrez Trueba. Fue decano de ese colegio al que contribuyó a dar más lustre y hacerlo más ilustre. Pero sobre todo fue un personaje muy importante en la ciudad de los años 70 y 80 del siglo pasado. Con él comenzó la Transición real, antes que la política. Y él se comió el marrón de unos años difíciles para la ciudad, en los que supo luchar contra la decadencia, como hacen los caballeros andantes. Era un Quijote de andar por Cádiz, la ciudad a la que dio su vida.
EL Domingo de Ramos será un día raro en Cádiz. No saldrá la Borriquita, ni el Señor Despojado, ni la Santa Cena, ni las Penas, ni la Humildad y Paciencia, pero ese día inaugurarán la pretemporada de playas. No habrá procesiones, pero sí se podrán tostar al sol. No habrá colas para los palcos y sillas en la calle Cobos, pero si en los lavapiés, que van a recuperar felizmente. No vendrán madrileños, porque van a confinar las autonomías, pero sí sevillanos, porque van a abrir las provincias y allí tampoco saldrán la Estrella ni la Amargura. A falta de los antifaces de los penitentes, siempre nos quedarán las mascarillas, que ya forman parte de la indumentaria de paseo marítimo.
SI a usted le dicen que le van a confinar su perímetro, ¿qué pensaría? Pues eso es lo que estamos padeciendo. Hace un año, el 13 de marzo de 2020, optaron por perimetrar y confinar por lo sano: encerraron a todos en sus casas, para que aplaudieran a las ocho de la tarde. Algunos, ya puestos, una hora después tocaban las cacerolas, en honor de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y toda su parentela, parcialmente contagiada con el Covid 19, tras su asistencia a las manifestaciones del 8-M. Cuando dejaron que la gente saliera a pasear, con franjas horarias (otra carajotada, que se ha eliminado con el tiempo), a algunos fans de la cocina les dio por salir con sus cacerolas en el madrileño barrio de Salamanca. Así se difundió que era un mosqueo de pijos y pijas perfumados con Loewe. Pero ahora estamos en otro momento guay: el de los perímetros del confinamiento.
LA visita de la alcaldesa de Jerez, Mamen Sánchez, al alcalde de Cádiz, José María González, ha sido pintoresca. Se ha presentado como si fuera el final de una guerra fría. Como cuando Reagan se entrevistó con Gorbachov, o algo así. No es para tanto. Se entiende que con las memeces de los confinamientos perimetrales, y con la prohibición de viajar más allá de la provincia, ahora una visita de Cádiz a Jerez o de Jerez a Cádiz se considera como turismo a paraísos exóticos. Pero hasta hace poco era algo de lo más normal. No tiene sentido pensar que esta visita oficial servirá para mejorar las relaciones diplomáticas entre ambas ciudades. Hay cuestiones profundas que se deben trabajar más para que el potencial de esta provincia fragmentada no se siga desperdiciando por las divisiones catetas.