FRANCIA no es como España. Para empezar, tienen un sistema electoral con segundas vueltas, que permite a los franceses decidir sus presidentes y sus alcaldes sin tejemanejes de pactos entre partidos. Para seguir, funciona la teoría del bien común, que permite a la derecha y a la izquierda votarse, en caso de necesidad, para que no gane un ultra. El panorama español no es como el francés, porque aquí no existe un Frente Nacional como el de Marine Le Pen. Por el contrario, en todo lo demás, hay ciertas semejanzas. De modo que las elecciones de Francia nos han dejado algunas lecciones para reflexionar en España.

HEMOS pasado de la casta a la trama. Son los mismos, pero ahora les han puesto un autobús para crear polémica, como los fachas homófobos. A los de Podemos, después de que Pablo Iglesias se cepillara a Iñiguito Errejón (que intentaba poner un reducto de cierta transversalidad encubierta), les ha dado por señalar, ya sin disimulos. Y así están más totalitarios que antes. Todos los que no piensan como ellos son sus enemigos naturales. Es lo mismo que creían Hitler y Stalin, aunque a tanto no han llegado, por supuesto. De momento, se recrean con esa trama que han formado, en la que igual han incluido a corruptos condenados e investigados que a otras personas, simplemente porque no son de su cuerda. Como pasa en todos los totalitarismos: se señala.

EL Estado de las Autonomías progresa adecuadamente: ETA ha sido derrotada, por eso se desarma, porque no tiene futuro. Sin embargo, nos queda la cuestión catalana, que no ha sido desactivada. Buscar una salida en el laberinto catalán, que sea asumible por todos, parece difícil. Fue Rajoy a Barcelona, pidió sensatez, ofreció 4.200 millones de euros en inversiones para infraestructuras, y lo criticaron en Cataluña y en el resto de España. En Cataluña (donde reclaman esas inversiones desde hace años), porque no se fían y les parece poco. En el resto de España, pidieron qué hay de lo nuestro. En Andalucía se recordó cómo está el asunto ferroviario en Granada y en Almería, o el enlace de Algeciras con Bobadilla, y todo lo demás.

VAMOS a suponer que un diputado español conservador (esto, es del PP) va y dice que Mariano Rajoy estaría dispuesto a emprender una guerra para reconquistar Gibraltar. ¿Qué dirían nuestros políticos? Pues lo mismo que ahora se han callado cuando Michael Howard, un ex líder tory del Partido Conservador, ha dicho que Theresa May estaría dispuesta “a una guerra como la de las Malvinas” por Gibraltar. A esto es a lo que yo he llamado el síndrome de Gibraltar. Nuestros políticos (sobre todo los considerados progresistas) se ponen del lado contrario, le hacen el juego a Picardo y a los otros, y se confunden. ¿Saben por qué? Porque todavía no han entendido que la situación es justamente la contraria de antes.

LOS militantes del PSOE decidirán quién es su nuevo líder. Pero en las elecciones generales votarán todos los españoles. Y eso hay que tenerlo en cuenta, visto lo visto en las dos últimas ocasiones. Por ello, la presentación de Susana Díaz en Madrid ha sido como un cierre de filas del PSOE auténtico, el que ha ganado elecciones en las urnas. Allí estuvieron casi todos los dirigentes que han tocado el pelo de las orejas del poder. Encabezados por Felipe y Zapatero, los dos únicos líderes socialistas que habitaron en el palacio de la Moncloa. Algunos que se desunieron se han vuelto a unir. No es Susana Díaz quien los atrae por sus propios méritos excepcionales. Sucede que ella representa la última posibilidad de supervivencia.