NO ha pasado ni medio siglo. Eran madrugadas de los años 80, todavía el siglo XX, la Semana Santa recuperada para el pueblo (o eso decían), tiempos de democracia en España. Esbeltos nazarenos, con sus cirios al cuadril, se situaban detrás del Señor. Al salir de la plaza de San Lorenzo comenzaba otra procesión. Eran mujeres de promesas imposibles. Aquellas mujeres prohibidas, a las que no se les permitía la penitencia de seguir al Señor detrás del paso. Él era también el Señor de nuestras abuelas. Quizá recordarían a sus antepasadas (en tiempos más difíciles, pero menos fiados a la burocracia del espíritu), a las que sí se permitió lo que después se prohibió.