EN tiempos de nuestros padres y abuelos se valoraban mucho las dinastías. A los toreros y a los futbolistas los numeraban, igual que a los Papas. A veces la sucesión no era de padres a hijos, ni entre hermanos, sino de cuñados, primos, o simplemente por ser amigos con derecho a herencia. En las cofradías hubo (y quedan) dinastías de capataces históricos, como los Ariza. Si aplicamos esta medida dinástica a los pregoneros, el de este año, José Ignacio del Rey Tirado, sería Del Rey III. Antes que él fueron pregoneros su tío José María del Rey Caballero, también conocido como Selipe, en 1952, y su hermano Eduardo del Rey Tirado, actual hermano mayor del Silencio, que fue pregonero en 1999.

LOS Cabildos de Toma de Horas del siglo XXI ya no son como los del siglo pasado. Entonces todavía quedaba la esperanza de marcar un gol en el último minuto. Es decir, que colaran algún cambio al final. A veces permitían a una hermandad dar una vueltecita por el barrio, aunque entraran al alba del otro día. El camino más corto era una frase a título indicativo. Antonio Domínguez Valverde, vicario general durante muchos años, se dejaba asesorar por el Consejo de turno, pero a veces ponía su sello. Ahora todo llega atado y bien atado. El Cecop manda mucho, más que un vicario, aunque no firmen la nómina de la Semana Santa.

LA Cuaresma ha avanzado, atando crespones de luto en el palio de los recuerdos. Todos los años lamentamos ausencias. La fugacidad del tiempo tropieza con una Semana Santa que suponíamos eterna, pero que se nos escapa con la pérdida de unas personas que contribuyeron cuando vivían a hacerla como es. Entre esas bajas más recientes, están el sacerdote Camilo Olivares, el capataz Jesús Basterra y el cofrade Pedro Collado. Aportaron a distintos niveles, nos dejaron huellas imborrables.

VIENDO el cortejo que acompañaba al Cautivo de Torreblanca en el vía crucis general, se apreció, una vez más, el tesoro que tienen las hermandades de Sevilla, incluso las más modestas. Me refiero a la juventud, ese divino tesoro, según Rubén Darío. En el cortejo participaron más de 500 hermanos, de los que en torno al 70% eran jóvenes. Algunos cofrades ilustres quedaron sorprendidos por la compostura que mostraron. Proceden de una barriada alejada del centro. Sin embargo, más allá de los tópicos, no tenían nada que envidiar a las más austeras cofradías en el respeto y hasta en el vestir. Los jóvenes de Torreblanca demostraron que han aprendido muy bien la lección. Se ganaron la admiración y el cariño de eso tan etéreo que se denomina la Sevilla cofrade.

El Sábado de Pasión de 1995 empezó un nuevo tiempo en Torreblanca. Se abrieron las puertas de la parroquia de San Antonio de Padua. Por vez primera, salieron a las calles de la barriada los nazarenos de Jesús Cautivo y la Virgen de los Dolores. Los sevillanos que se desplazaron desde otros lugares de la ciudad a Torreblanca se encontraron con estampas insólitas. Era otra Semana Santa, muy alejadas de los clichés y estereotipos. En Torreblanca se han visto hasta gallinas en alguna calle, mientras pasaban los pasos. Pero también se ha visto el respeto y el amor de un barrio. Aquella cofradía surgió como un milagro.