NO sabemos si el Cádiz se mantendrá en Primera División a final de temporada, pero ya ha conseguido algo que es más importante: reforzar su memoria histórica. Este equipo es admirado y odiado en toda España (quizás a partes iguales), porque es capaz de lo mejor y de lo peor. Del más difícil todavía y del petardazo más tremendo. Siempre se le ha reconocido como un David dando la pedrada a Goliat, cuando menos se lo esperaba. Pero, en otras ocasiones, este David ha salido en camilla camino de la enfermería, y ha perdido en Lucena o por ahí. Nunca se sabe lo que puede hacer y ahí reside el encanto. Su color amarillo (y azul, no olvidarse del azul, que os gusta mucho vestir de amarillo completo, como el Villarreal) es legendario y forma parte del mito, pues para la gente del espectáculo atrae el gafe. En el fútbol, sin embargo, depende de los días.

A Eduardo González Mazo, ex rector de la Universidad de Cádiz, le concedieron el XIX Drago de Oro el pasado martes 13, cuando se celebraba el día de su santo. Con esto no quiero decir que fuera un regalo, sino todo lo contrario. Con ese galardón, el Ateneo reconocía sus méritos al frente de la Universidad de Cádiz, cuando vivió unos días dorados que difícilmente volverán. Al menos hasta que olvidemos las consecuencias de la pandemia. El Drago de Oro es un premio que tiene un historial interesante. Ese drago fue creciendo porque lo regaba con mimo Ignacio Moreno Aparicio, en sus años de presidente del Ateneo, y así lo ha seguido su sucesor en el cargo, José Almenara. En el jurado, además de Ignacio, casi siempre han estado Moncho Pérez Díaz-Alersi y algunos más, depende de la ocasión.

LA ciudad de Cádiz se ha convertido en el emporio del orbe para las personas llamadas sin techo. Ese nombre de por sí ya es indigno, además de un eufemismo, porque se refiere a personas sin hogar, que deben dormir y pasar el día en plena calle, y que no tienen otras posibilidades. Personas dignas de respeto y compasión, la mayoría con muchas historias tristes detrás. Sin embargo, lo de sin techo suena como acampada al aire libre, como si Kichi (antes del permiso) hubiera convertido Cádiz en un gigantesco camping urbano, donde incluso ponen sus tiendas de campaña. Van rotando y ampliando el territorio: en los bajos de la Caleta, en el mirador de Santa Bárbara, junto la fuente de las tortugas, en las bóvedas de Santa Elena, en el parque de la Telegrafía sin Hilos, en el foso de las murallas (la zona BIC), o debajo del nuevo puente de la Constitución de 1812.

POCAS ciudades habrá tan rácanas y cicateras con sus mejores hijos como Cádiz. Puede que algunos carnavaleros hayan sido homenajeados póstumamente, a lo grandísimo. Pero aquí lo más común es que el muerto va al hoyo y el vivo al bollo. Olvidan a los que no les interesan. Todo lo anterior va porque en Cádiz falleció la semana pasada Julio Ramos Díaz. Era mucho más que un ex decano del Colegio de Abogados, un ex hermano mayor de Buena Muerte o un ex colaborador jurídico del Obispado. Era uno de los gaditanos más ilustres que quedaban, y debería tener el máximo reconocimiento de su ciudad. Pero, claro, con un problema: estaba por encima de las dos Españas, cuyas miserias había sufrido, y al margen de los partidos políticos. Se guiaba por su conciencia.

HOY es la fiesta de la Virgen del Rosario, patrona de Cádiz. Día festivo local. La Virgen no saldrá en procesión, al reencuentro con los gaditanos, pero la podrán ver en el altar de su paso en Santo Domingo, y se mantienen los demás actos, con las adaptaciones necesarias por las normas del coronavirus. Además habrá un evento literario y musical por la tarde, que se suma al pregón de ayer, a cargo de Juan Mera. La salud es lo primero. O al menos así lo entienden el padre Pascual Saturio, prior de los dominicos, los fieles, devotos y devotas de la Patrona, los cofrades y los cristianos en general, que predican con el ejemplo y se sacrifican desde el mes de marzo, suprimiendo los cultos externos. A veces viendo que otras manifestaciones de protestas laborales y concentraciones diversas no siguen las mismas normas que aplican para los rosarios de la aurora, o incluso para las misas en el interior de los templos. Pero está asumido, como un sacrificio, hasta que vuelvan tiempos mejores.