HA pasado otra Semana Santa. Entre el tiempo, los detalles y la nueva carrera oficial, se quedó la noticia luctuosa del fallecimiento de Rafael Corbacho. Recibió un homenaje en vida, cuando su salud ya estaba deteriorada, en el que las hermandades gaditanas recordaron lo mucho que aportó para que la Semana Santa tuviera un mayor reconocimiento en una ciudad donde se la ve como la pariente pobre de las fiestas locales. En los tiempos de Corbacho presidente del Consejo, para colmo, tuvo que lidiar con una generación de curas contrarios al folklore de la Semana Santa. De modo que el enemigo lo tuvo en casa, más que nada. Ayudó a un cambio de mentalidad.

EL Cristo de la Buena Muerte es una talla asombrosa, que basta por sí misma para consagrar toda la Semana Santa gaditana. El enigma de su autor desconocido ha acrecentado su leyenda. Ninguna de las diversas teorías planteadas se ha poido confirmar todavía. Durante mucho tiempo se adjudicó a Martínez Montañés, como todo lo antiguo, pero ya en el siglo XX se planteó la atribución a Alonso Cano, y más recientemente a escultores italianos de prestigio. Por encima de la autoría real, el Cristo de San Agustín es un Crucificado extraordinario, que representa con singular verismo la serena elocuencia de la muerte en la cruz.

CUANDO suenen las tres campanadas de la Madrugada, la cruz de guía del Perdón estará entrando en la Catedral. Vuelve el Perdón a las calles de Cádiz. Pero no lo hará con su horario tradicional, sino ajustado a las circunstancias. No son las mejores, precisamente, para esta cofradía, que por ese experimento de cambiar por cambiar (sin saber si es a mejor, o a peor) pasará dos veces por la calle Nueva y la plaza de San Juan de Dios, como si fuera un circuito, y estará en las calles más de nueve horas. Una Madrugada en la que aparece en las listas oficiales como única cofradía, aunque hay tres más del Jueves Santo (Nazareno, Medinaceli y Descendimiento) que entrarán cerca del alba.

EL barrio de Santa María es hoy el barrio de la Merced. Puede que este barrio sea uno, pero no se entiende sin el otro, del que forma parte. La Merced es una de las tres torres de Santa María. La Merced es el ejemplo de lo que fue, pero ya no es como antes. Se perdió el antiguo mercado del Piojito. Se perdieron las obras de arte de la antigua iglesia, que fue devorada y completamente consumida en su interior por el fuego del odio. Se perdió la leyenda de los cantaores del barrio. Pero el espíritu de la Merced eterna renace cada Miércoles Santo, cuando el Señor de la Sentencia sale del templo, baja la cuesta y entra en la plaza de las Canastas.

ENTRE todos los versos que José María Pemán dedicó a la Semana Santa gaditana hay algunos que pueden recitarse como una oración: “Alma, como un ruiseñor, haz en esta cruz tu nido y canta con mucho amor: la Piedad ha florecido en el leño del dolor”. La Cantiga al Cristo de la Piedad se puede admirar como un poema clásico, tal vez una herencia literaria del misticismo del siglo XVI, aunque mucho más tardía; pero es ante todo una oración, dedicada a una de las principales devociones de Cádiz. Entre quienes defendemos la Semana Santa de los sentimientos y la fe (que sin ellos se quedaría en un simple espectáculo) este Crucificado de la iglesia de Santiago siempre marcará las huellas de la ciudad ilustrada que perdimos.