CÁDIZ es diferente al resto del mundo. Por eso, Cádiz va a celebrar su Carnaval en mayo y junio, recuperando las Fiestas Típicas Gaditanas. Y, además, otro Carnaval callejero (pero que no es el Carnaval oficial) en sus fechas propias. A eso llega el disparate. Hasta ahora Cádiz se regía por el calendario gregoriano, válido en Europa y el resto del mundo, así llamado porque lo implantó el papa Gregorio XIII. Desde 1582 sustituyó al calendario juliano, así llamado porque lo impuso Julio César en el año 46 a.C. Se basaba en el calendario egipcio, que estableció la duración del año solar en 325,25 días. Todo eso viene en la Wikipedia. Pero ahí no aparece el nuevo invento anticapitalista: el calendario kichiano, que va a implantar nuestro Kichi en la ciudad de Cádiz.

LA voz cantante en el cambio de fechas del Carnaval es Lola Cazalilla, concejala de Fiestas (y de Cultura). En el foro de pantomima que organizaron fue ella la que explicó las inexplicables razones del cambio para crear otra vez las Fiestas Típicas Gaditanas. Sin embargo, no hemos caído en la trampa. La culpable no es ella, sino Kichi. Pues todo el mundo sabe en Cádiz que el alcalde es quien ordena y manda en el Carnaval. Está intentando controlar y manipular desde que llegó al sillón de la plaza de San Juan de Dios. En otros asuntos no intervendrá, pero en el Carnaval no se mueve nada sin su consentimiento. Ha conseguido la organización, tras liquidar las competencias del Patronato. Y ahora sólo manda él. ¿Es mejor que el concurso del COAC lo organice el Ayuntamiento? ¿O era preferible la autogestión? Los carnavaleros ya no pinchan ni cortan. Hacen de corderitos en los foros. Manda Kichi.

NO hay razones sanitarias para trasladar el Carnaval a mayo y junio. Tampoco es inevitable, pues PP, PSOE y Ciudadanos tienen mayoría en el Ayuntamiento con opciones para evitarlo. Y un boicot de las agrupaciones punteras se cargaría el concurso en mayo y pondría las cosas en su sitio. Es decir, que pueden dar marcha atrás. Lo peor no es sólo que impongan esas barbaridades, sino que mientan. No es una decisión adoptada por la evolución de la pandemia. No es imposible dar marcha atrás. La cuestión de fondo es: ¿te lo vas a tragar? Ahí es donde necesitan la complicidad de los cobardes. Un ejemplo de dignidad y de ética ha sido el de Antonio Martínez Ares. Ha puesto voz a lo que otros piensan, pero callan.

NO es la primera vez que Kichi intenta cambiar las fechas tradicionales del Carnaval de Cádiz. Es decir, cuando le corresponde en el calendario gregoriano, vigente en Andalucía, España y la Humanidad. Ya hizo otro intento para celebrarlo durante la Cuaresma, y aquello fue antes de la pandemia. Ahora utiliza al bicho llamado Covid 19 como una torpe excusa para montar las Fiestas Típicas Gaditanas de Kichi, al modo de José León de Carranza. Como escribió Francisco Umbral (aunque refiriéndose a los escritores), suele ocurrir que los odiadores terminan imitando a sus odiados, es algo así como un síndrome de Estocolmo. Y esto es el colmo, porque Cádiz está llena de pelotas y cobardes, a los que les parece una barbaridad este cambio de fechas, pero se lo van a tragar por no incomodar al mandamás, como pasa en las dictaduras, incluidas las del proletariado. Aunque en Cádiz no hay una dictadura, sino un disparate en el poder, que es otra cosa, y pasan estas cosas.

DESDE la primera vez que la oí me llamó la atención, esa frase que suena a tópico: nadie es profeta en su tierra. En Cádiz es una grandísima verdad. Como tantas cosas, la frase tiene un origen cristiano. En el Evangelio de Lucas (4:24) se pone en boca de Jesús, que afirma: “En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su propia tierra”. Lo decía por Él mismo, que sería más valorado por los gentiles que por los judíos. En Cádiz sirve para todo. El gaditano que no triunfa fuera es como de andar por casa, poquita cosa. En Cádiz la gente siempre valora más al forastero. Por ejemplo, el Beato Diego de Cádiz sería santo desde el siglo XIX, si hubiera sido el Beato Diego de Sevilla o de Granada. Y no le exigirían que fuera un progre posmoderno en el XVIII. Pero no es una excepción.