LAS paridas de Vox tienen un matiz especial en Cádiz. De un lado, esta es una tierra receptiva con lo esperpéntico, familiarizada con lo humorístico y adaptada a personajes satíricos que triunfan en el Carnaval. Se tiende a confundir algunos plenos municipales con las parodias de un cuarteto. Y ya se ha visto que hay unos cinco mil gaditanos que igual pueden votar a Teófila Martínez que a José María González, más conocido como Kichi, y no volverse locos. Era posible pasar del PP a Podemos y puede que también al revés. Por lo que a pesar de la pretendida superioridad moral de la izquierda gaditana, en general han perdido unas cuantas elecciones. Y, visto lo visto, Vox podría hincar el diente, en plan vampirito de Bienvenido, como ya hizo el otro menda lerenda.

ENTRE los okupas de Barcelona y el alcalde de Cádiz, hay que defender al regidor de todos los gaditanos. Entre la anarquía y la legalidad vigente, defendemos lo que es justo y necesario. Nadie olvida que el intento de frenar un desahucio fue su primera acción de gobierno. Pero no es un prevaricador. Para poner reparos, ya está la Intervención municipal, que sólo ha emitido 93 informes por posibles irregularidades durante el año pasado, con un montante de 13,5 millones de euros (por un poco menos se puede comprar el hotel del estadio); y en el caso de Barcelona se ha comportado como un valiente. A sabiendas de que dirían lo que están diciendo.

EN Cádiz gusta mucho un culebrón. Esto no viene de ahora, pero con el tiempo se ha perfeccionado. Culebrones de reconocido prestigio son el del Hospital de Puntales y la Ciudad de la Justicia, que proceden de los tiempos de Manuel Chaves en la Junta, incluso son anteriores al culebrón de los Eres. Pero yo me refiero sólo al culebrón gaditano, que no se está perdiendo, a diferencia de sus habitantes, sino que mejora con el paso del tiempo. Al llegar los de Podemos al poder (así se demostró que podían) les entró el gusanillo de tener su propio culebrón. Algo por lo que ser recordados cuando pase el tiempo. Y así empezaron a contar su cuento de la buena pipa: el culebrón del hotel del estadio.

EN las vacaciones de Navidad, al igual que en verano, suele haber noticias relacionadas con los trenes Alvia de Renfe, en la línea de Madrid a Cádiz. Casi siempre originadas por esporádicos retrasos. Es una consecuencia subordinada del problema mayor: no existe un AVE entre Madrid y Cádiz, ni está previsto. Lo más curioso del caso es que las fuerzas vivas gaditanas y los partidos políticos se han resignado. Ya nadie lo pide. En los tiempos del Gobierno de Rajoy, su ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, viajó a Huelva para ofertar el AVE hasta la capital onubense. Ahora ni Rajoy ni De la Serna se dedican a la política. El actual ministro de Fomento, el socialista y sanchista de confianza José Luis Ábalos, está más ocupado en inaugurar el AVE a Granada. Por supuesto, del AVE de Cádiz no dice nada.

DE ilusión también se vive. La palabra ilusión es la que más se pronuncia en el día de hoy. Los Reyes Magos llegan a Cádiz y al resto de España. Aunque proceden de la tradición cristiana, en otros países incluso europeos confían los regalos a Papá Noel. Por el contrario, en toda España, incluida Cataluña, hay cabalgatas de los Reyes Magos, una costumbre de las pocas que nos unen en todo el Estado. Vamos a dejarlo ahí, porque cuando piensan es peor, y sacan a magos que son magas, o los visten como en el Carnaval de Canarias. En Cádiz, afortunadamente, todavía tenemos a tres Reyes Magos como Dios manda; y al final van a Santo Domingo, donde está la Patrona con el Niño, y Pascual Saturio esperando.