SON 78 escaños los que necesita ella, Yolanda Díaz, para ganar a Pedro Sánchez, que se quedaría con 67 diputados en las próximas elecciones. Eso es lo que escribió el lunes pasado Iván Redondo en La Vanguardia, donde ejerce ahora como articulista y pitoniso. Así se explican los viajes de Yolanda, que montó el numerito con su vuelo concertado público/privado para la audiencia con el Papa Francisco en el Vaticano. Esta visita ha servido para que muchos se rasguen las vestiduras y califiquen al Papa de comunista y a Yolanda de monjita. A mí me dio mucha alegría, pues por un pecador o pecadora que se convierta se debe organizar una fiesta, según la parábola del hijo pródigo.

SORPRENDE que algunos insensatos del centro derecha andaluz ya den por ganadas las próximas elecciones autonómicas. Hasta la primavera o el otoño de 2022 faltan los suficientes meses para ganarlas o perderlas. Por eso, es una memez plantear si Vox va a entrar o no en el Gobierno. Pudiera darse el caso de que no hiciera falta esa suma, porque hubiera una resta. Es más, yo veo amplias posibilidades de que el PSOE recupere el poder en Andalucía. Muy especialmente si se da por seguro que Vox va a entrar en la gobernación de la Junta. Tenemos ya experiencia de muchas elecciones para saber que las mayorías anunciadas, en casos de igualdad, se pueden remontar en una campaña.

A la buena gente vacunada, el Presupuesto de Andalucía no le importa mucho, ni poco, sino nada. Cuando llega diciembre, sólo se habla de presupuestos y de dinero, y de las pagas extras, y de la inflación, todo relacionado con el vil metal, que no es lo mismo que el Proletariado del Metal. La buena gente vacunada sabe que en 2022 nos pondrán dos o tres vacunas más, aunque las cuentas estén prorrogadas. Yo fui al ambulatorio para vacunarme de la gripe y la enfermera me dijo: “Se lleva usted la última vacuna que me quedaba. Y, además, ya que ha venido, le pongo la tercera dosis del Covid 19”. Dos vacunas en todo lo alto. Saludos desde el tercio y hasta la próxima.

EN el debate sobre la financiación autonómica hay un evidente enfrentamiento. Es una lucha entre las comunidades como Andalucía, que defienden un criterio basado en el número de habitantes, y las de la llamada España vaciada, que piden un ajuste basado en otros aspectos, como la extensión, el envejecimiento y la migración, para no hundirse más. Contentar a todos será difícil, por lo que quizás el Gobierno optará por perjudicar a todos. Sin embargo, más allá del conflicto, queda la realidad de un país que se está reseteando y cambia casi sin querer. Y que ya no está sólo condicionado por los independentistas de Cataluña y el País Vasco.

VIVIMOS en un país sin tradición democrática. Hasta que murió Franco, aquí la democracia se consideraba como un milagro. Las dos repúblicas duraron un suspiro de la historia cada una y la monarquía estaba sometida a vaivenes autoritarios. A partir de la Ley de Amnistía, las primeras elecciones democráticas y la Constitución de 1978 (ratificada en un referéndum), parecía que se abría un periodo de consenso para superar el cainismo de las dos Españas. Con el tiempo, en vez de profundizar en la concordia, en vez de buscar la prosperidad de los ciudadanos, se ha vuelto a las andadas: polarización y extremismo. Al llegar estas fechas, se monta el paripé de los presupuestos: los de España, los de Andalucía y los municipales. Y los sindicatos y los empresarios no alcanzan acuerdos para las reformas.