EN la ciudad de Cádiz, siendo las nueve de la mañana o por ahí, el jurado del COAC no hará públicos los premios. Pasará a la historia que por culpa de un coronavirus asqueroso prohibieron el Carnaval de Cádiz en 2021. Peor todavía que en los tiempos de Franco, cuando inventaron las Fiestas Típicas Gaditanas. Después saldrá Pablo Iglesias diciendo que esto no parece una democracia. ¿Por quién lo dirá? Hoy era la noche de los cuchillos largos. Hoy era cuando Kichi y su equipo de gobierno se disfrazarían. Hoy era cuando los afortunados en el sorteo acudirían al Falla. Hoy era cuando las agrupaciones de siempre y dos sorpresas cantarían en la gran final. Hoy era la noche más larga y más esperada por la afición.

LOS hinchas del Cádiz están furiosos porque dicen que les roban los partidos incluso con el VAR. Y que se aprovechan del fútbol del coronavirus a puerta cerrada, pues ya no se les puede decir “árbitro guapetón” en Carranza. Yo no sé por qué se extrañan, pues era cuestión de tiempo que aprendieran a manejar el invento. Y como unas cosas quedan a criterio de los árbitros, y otras son interpretaciones, y ahora me voy a ver la televisión, y ahora con la personalidad que tengo voy a decir justamente lo contrario de lo que dije hace dos minutos cuando ya lo vi a un metro, pues así nos va. A los que se fijan en mis profecías (y las recuerdan según cuándo), se lo advierto: el día después de ganarle al FC Barcelona por 2-1 se lo dije a unos amigos: el Cádiz es un firmísimo candidato a descender a Segunda. Por varios motivos, y no sólo los árbitros.

SE habla y se escribe mucho de la presión hospitalaria, pero en esta pandemia echamos en falta el nuevo hospital de Cádiz. Seamos serios. Los gobiernos, tanto del PSOE como del PP, sólo construyen las infraestructuras cuando detectan un nivel de exigencia alto. Sin embargo, cuando los ciudadanos acogen los proyectos con indiferencia pasota, o son sumisos a las cancelaciones (como ocurrió en Cádiz), eso que se ahorran. Les resulta más beneficioso gastárselo en otras ciudades donde los reclaman con más ganas. Así que buena parte de culpa de que el Hospital de Puntales sólo sea un solar con jaramagos es de los gaditanos y de las gaditanas, de la sociedad civil, que no exigió ese proyecto como una necesidad urgente.

CON las vacunas del coronavirus está pasando lo mismo que con el carro de Manolo Escobar. Si ahora hubiera un Carnaval como Dios manda, un COAC de gran categoría, como diría Juan Manzorro, en el popurrí podrían cantar: “Mi vacuna me la robaron/ estando de romería/ mi vacuna me la mangaron/ anoche mientras dormía”. Ya sé que ahora tampoco hay romerías, pero es una licencia poética chirigotesca. Nadie ha sabido nunca dónde estaba el carro, y tampoco nadie sabe dónde están las vacunas. Las de Pfizer desaparecieron como por arte de magia, como por un encantamiento del Mago González. Y las de AstraZeneca parece que las han retenido en la pérfida Albión. Vamos a dar una pista: a lo mejor hay algunas en Gibraltar, como el chocolate en los tiempos de Franco, y se pueden conseguir en el contrabando. Con permiso del cierre perimetral.

CON el pasar del tiempo, cuando recordemos a don Juan del Río Martín, se citará que fue uno de los fallecidos en la pandemia del Covid-19. No con un número más, como tantos otros a los que no conocemos, sino que el arzobispo castrense de España fue uno de los caídos ilustres en esta batalla. Debería servirnos de recordatorio: el enemigo va en serio. Pero las circunstancias trágicas de esta pandemia sin distinciones (como si el coronavirus pintara un cuadro de postrimerías de Valdés Leal) no pueden alterar lo esencial: don Juan del Río era un hombre santo contemporáneo, un ejemplo a seguir para quienes le conocimos y disfrutamos de su amistad. Un hombre santo, por otra parte, al que no se le podía dar coba, pues conocía las debilidades humanas y era capaz de desarticular las hipocresías. Siempre con su talante sencillo, que no incauto.