MENOS mal que a Donald Trump no se le concedió el Premio Nobel de la Paz. Aunque María Corina Machado le hizo una entrega solemne del suyo, después de que…
LA derrota del Cádiz ante el Sevilla puede parecer engañosa. Al minuto 90 se había llegado con empate. Fue un duelo competido, en el que el Cádiz tuvo aspectos buenos…
SUELEN decir los cofrades más puristas que no hace falta anunciar la Semana Santa. Pues todo el mundo sabe cuando llega el momento. Y, sin embargo, cada año hay más carteles y más pregones. Tampoco eso es malo. No se sabe por qué, en Sevilla hay personas gruñonas a las…
PUEDE que el 28-F de 2026 haya sido el más emotivo desde el referéndum de 1980. Han pasado 46 años y la autonomía andaluza se ha consolidado. En el accidente ferroviario de Adamuz, y en las inundaciones por las borrascas, se ha confirmado que el pueblo andaluz es diferente a…

LA buena gente es desagradecida. Lo mismo encumbra que olvida. Lo mismo pelotea con falserío que critica sin piedad. Y, además, están despotricando contra un pasado en el que tuvieron tanto que ver. Fíjense lo que ha sucedido con aquellas pantallas LED. Primero amenizaban nuestras esperas en los semáforos o en las paradas de autobús. Después parecían las culpables de todos los males de Cádiz. Se convirtieron en un símbolo para los enemigos de la señora Martínez. ¿Qué culpa tenían las pobres pantallas? Se pasaron un poco con el puente, vale. Pero también se anunció el carril bici, y todavía no lo hemos visto. Ahora sobreviven algunas, de mala manera. Sin embargo, Cádiz está peor. O eso me dice todo el mundo.
EL número mágico de Sevilla es el dos: incluye a uno y otro. La operación mágica de Sevilla es la división: nada de sumar, ni multiplicar, ni siquiera restar; a dividir (sobre todo entre dos). El símbolo perfecto de Sevilla, pese a ser una ciudad occidental, es oriental: el yin y el yang. El río Guadalquivir le viene de maravilla a Sevilla, porque la divide por la mitad. Y, por si no fuera suficiente, en la Cartuja le hicieron una corta, para desviarlo y que dividiera todavía más. Lo de divide y vencerás no se inventó aquí, aunque lo practicó Julio César, que fue premiado con una de las dos columnas de la Alameda de Hércules. Quienes viven en estas tierras lo saben: donde haya uno, pronto se convertirá en dos.
NUESTROS políticos han ido a promocionar a Cádiz en la Feria Internacional del Turismo, que se celebra en Madrid. Es un duro trabajo. Ese Fitur, que un día se calificó como Fritur, por aquellos fritos variados que se degustaban. Lo curioso es que allí va cada cual a su manera, a salir en las fotos por su cuenta. Como si los turistas vinieran gracias a ellos. Pero lo que más me ha llamado la atención es que en Fitur ha pasado lo mismo que aquí: la Diputación y el Ayuntamiento han ofrecido dos versiones diferentes de Cádiz. Parecen mundos paralelos, o para lelos.
La Diputación ha intentado dar una imagen de diversidad de la provincia, más en sintonía con el carácter técnico del evento en cuestión. Irene García, cuando intervino en la presentación, apareció rodeada de empresarios provinciales, como el presidente de la Cámara de Comercio, Ángel Juan; o el presidente de Horeca, Antonio de María; o políticos como Fran González, además de técnicos. Todos los señores con corbata (prenda muy utilizada en ferias como esa, a la que suelen acudir directivos) y todas las señoras con ropa de Zara y Mango, mayormente. Una cosa para cumplir.
Por el contrario, me ha sorprendido la imagen de pandereta que ha dado el Ayuntamiento gaditano. También me ha sorprendido que la oposición municipal, distraída con temas irrelevantes, no se preocupe por eso. La presentación estaba a cargo del alcalde, José María González, la concejala del sector turístico, Laura Jiménez; el concejal de Economía, David Navarro, y el actor Antonio Resines, como artista invitado. Y para hacer propaganda (¿o es autobombo?) de la ciudad se utilizó como reclamo principal (y casi único) el Carnaval.
Después no quieren que le recuerden que es comparsista en la reserva activa. O en excedencia, nunca se sabe. Reducir el atractivo del turismo en Cádiz al Carnaval me parece bochornoso. A mí también me gusta, por supuesto. Pero Cádiz tiene mucho más. La ciudad trimilenaria existía antes de los coros, comparsas, chirigotas y el cuarteto que lo presentó. Ahí está ese Cádiz del Tricentenario que se conmemora en 2017, con el traslado de la Casa que regulaba el comercio con América; y que se consiguió gracias a las gestiones municipales de entonces. Véase el declive: ahora se conforman con pedir una Gran Regata para 2020. Cuando puede que gobiernen otros; o no.
“Lo más puro de Cádiz que podemos ofrecer” es el Carnaval. Es la visión turística de la ciudad que tiene el alcalde comparsista. A partir de ahí, lo demás cae por su peso.
José Joaquín León
HA nevado en Grazalema, en Ubrique, en Algodonales, incluso en Algar y otras poblaciones de la Sierra. Tenemos una ola de frío. Pero otra vez hemos perdido la oportunidad. Ni un copito de nieve despistado se ha dejado ver por Cádiz. Al menos, no todavía. Es sabido que nevó en esta ciudad el 9 de febrero de 1935. Es sabido porque José María Pemán escribió un artículo antológico, titulado Nieve en Cádiz, con el que ganó el premio Mariano de Cavia. Se supone que nevó en Cádiz sólo para que don José María ganara el premio. Pues después, poquita cosa. También cayó algo parecido a la nieve el 3 de febrero de 1954. Sin embargo, en los últimos 63 años no se ha visto nada. Varias generaciones han nacido sin nieve en Cádiz.
UN Carnaval de Cádiz sin colas para conseguir entradas sería considerado como un fracaso. Es sabido que el 50% de las entradas de preliminares que se venden por Internet se agotó prácticamente antes de salir a la venta. O unos minutitos después, quiero decir. Las entradas digitales salen al mogollón, y al ratito ya se sabe que no va a quedar ni una. Se ha convertido en una costumbre, desde que tuvieron la ocurrencia en tiempos de Vicente Sánchez como concejal de Fiestas. El sistema fue duramente criticado, porque Internet no distingue entre gaditanos y extranjeros. Aparte de que nadie sabe si los duendes de Internet son hackers o reventas.