EN la ciudad de Cádiz circulan muchos tópicos. Se suele decir que Cádiz es chiquitito y aquí se conoce todo el mundo. La familia Pettenghi es un buen ejemplo. En Cádiz, probablemente se pudiera decir que una persona de cierta edad que no haya conocido a José Pettenghi padre y a José Pettenghi hijo no es gaditano, o estaba muy despistado. Y eso nos remitiría a ese Cádiz vecinal y pueblerino donde casi todo el mundo se conoce. Pero también a ese Cádiz cosmopolita que los Pettenghi llevan en su apellido. Y asimismo al interés cultural de ambos Pettenghi, que eran dos hombres ilustrados, siendo tan distintos de ideas.
ES loable el esfuerzo realizado por el Ayuntamiento de Cádiz para mejorar la iluminación navideña, así como la programación de las fiestas en general. Se suele suponer que lo hacen, básicamente, para potenciar la oferta comercial. No debe ser ese el único fin, ya que también se organiza para conmemorar unas fiestas de origen cristiano que celebra la inmensa mayoría de los gaditanos. No obstante, es cierto que contribuyen a animar las calles de la ciudad, tanto en el centro histórico como en los extramuros. Y que ayuda a crear un mejor ambiente para las compras. Aun así, el problema de Cádiz en estas fechas no es sólo de luces, tiene otras sombras.
LA provincia de Cádiz es una potencia gastronómica. Esto lo dijo Ferrán Adriá, cuando vino para el Innovazul de la Zona Franca. Y lo ha certificado la Guía Michelín. En su nueva edición, como se sabe, la provincia mantiene las tres estrellas del Aponiente, de Ángel León, en El Puerto de Santa María, e incorpora la segunda estrella Alevante, en el hotel Meliá del Novo chiclanero, además de otra segunda estrella para Lu Cocina y Alma, de Jerez. También mantienen su estrella Código de Barra (Cádiz), Mantua (Jerez) y Tohqa (El Puerto). Pero la gran sensación es la estrella concedida al Mesón Sabor Andaluz, que se encuentra en Alcalá del Valle. Por comparar: en Sevilla, capital de Andalucía, sólo hay dos restaurantes con una estrella, y ninguno con dos, ni con tres.
CUANDO llegó al poder municipal en 2015, la izquierda desunida gaditana (es decir, la izquierda a la izquierda del PSOE) se unió de cara la galería. Sin embargo, tropezaron con un problema grave: ya no se trataba de oponerse a todo lo que dijera Teófila, sino que se trataba de gobernar. Y no supieron adaptarse al cambio. Siguieron oponiéndose a todo lo que contribuyera al desarrollo y el progreso de Cádiz. No obstante, se mantuvieron en el poder tras las elecciones de 2019. La consecuencia es que en 2023 esta ciudad había perdido ocho años y se había convertido en un municipio más de la Bahía, incapaz de ejercer su capitalidad. Ahora estamos en la fase En busca del tiempo perdido. Y no me refiero a que lean a Marcel Proust, que tampoco les vendría mal.
ESTE debate es antiguo. Se planteó en la posguerra, cuando José Luis Arrese, el primer ministro de Vivienda nombrado en este país, dijo aquella frase lapidaria: “Queremos una España de propietarios, no de proletarios”. El franquismo era una dictadura, pero tenían claro que debían apostar por la vivienda pública. Aunque duela decirlo, la mayoría de las barriadas que existen en este país proceden del franquismo. En Cádiz, ese asunto está clarísimo. La polémica entre propietarios o proletarios ha vuelto a surgir a cuento de los terrenos de Navalips. Ni que decir tiene que la izquierda gaditana está contra los propietarios, pues su concepto de la igualdad pasa porque todo el mundo sea pobre, y no porque los pobres dejen de serlo. Así todos vivirán de la ayuda pública.