SON como el perro y el gato. Madrid y Barcelona. Se han consolidado como uno de los principales problemas que tenemos en el resto de España, pues los mordiscos y los arañazos afectan a los demás. No es sólo el conflicto territorial y las sedes de las empresas; son todos los asuntos, como en el fútbol. Pues en ambas ciudades creen que el mundo se divide en madridistas y barcelonistas. Véanse los programas deportivos de televisión, donde no se habla de otra cosa, ni siquiera cuando el Sevilla gana la Europa League y los otros hacen el ridículo en Europa. El 8-2 fue como los datos de la pandemia de Pedro Sánchez. En esas estamos, y seguiremos, que es lo peor.

LAS tres primeras obras de misericordia espirituales son: Enseñar al que no sabe, Dar buen consejo al que lo necesita y Corregir al que se equivoca. Como a este Gobierno de Pedro y Pablo no le gusta la clase de Religión, quizás no lo han estudiado. No enseñan, no saben, se equivocan, etcétera. Pero para aprobar la difícil asignatura de la Pandemia del Siglo XXI (en la que los van a catear otra vez, se está viendo venir), algo deberían hacer. Por ejemplo, preguntar a los que saben más que ellos. En el caso de la vuelta al colegio, es pintoresco lo que se oye y se lee: hay que volver a las clases, y con garantías de seguridad. Pues claro. Es una obviedad, la cuadratura del círculo. ¿Y eso cómo se consigue? No es tan fácil.

PARA que el centro derecha gane unas elecciones generales en España debe perderlas el PSOE. Esto se sabe desde Felipe González; es decir, desde que triunfó en 1982. Entonces se acabó la UCD. A partir de ahí, el centro derecha se derechizó y se quedó a opositar con Manuel Fraga, que sólo podía ganar en Galicia. Hasta que llegó José María Aznar, que se presentó como el centro para el cambio de milenio, antes de la foto con Bush, que era republicano (de los republicanos americanos, que son muy de derechas) y con Blair que era laborista (y parecía un felipista inglés). Después llegó Zapatero, por culpa de Aznar; después Rajoy, por culpa de Zapatero; después Pedro Sánchez, por culpa de Rajoy; después…

LA gente que ha leído a Mario Vargas Llosa, al menos Conversación en la Catedral, se pregunta: “Zavalita, ¿en qué momento se volvió a joder lo del coronavirus?”. La respuesta es sencilla. Todo se empezó a torcer a principios de julio, cuando abrieron las fronteras con otros países, cuando hablaron de la nueva normalidad (que era anormal), cuando querían recuperar el turismo a lo loco, sin adoptar las medidas de control y precaución necesarias. Empezaron las locuras de los jovencitos en las noches, las locuras de los aeropuertos, las locuras de las reuniones como si nada, la locura mayor: creer que la pandemia había terminado. Pusieron la primera piedra para la segunda ola. La prueba de que todo se ha vuelto a joder es que otra vez el ministro Salvador Illa ha asumido el control, aunque en régimen de cogobernanza.

LA polémica entre Monarquía o República, que han montado los de Unidas Podemos (con la complicidad del PSOE, que practica un doble juego) es artificial y engañosa, un señuelo burdo que lanzan en un momento de agobio para este pésimo Gobierno. Cuando España vuelve a ser el país europeo con más casos de coronavirus, cuando un grupo de 20 científicos piden en la revista The Lancet una investigación independiente de la gestión en España por su alta mortalidad, con la economía arruinada, el turismo hundido por el boicot europeo, y con los contagios multiplicándose. En ese contexto, Pablo Iglesias (para frenar su decadencia política) lanza el debate contra la Monarquía. Con una deslealtad canallesca. En ningún país de la Unión Europea el vicepresidente del Gobierno es un antisistema, ni se comporta como tal.