LA Iglesia católica tiene en Sevilla un rol social y una importancia mediática muy superior al resto de España. Ni en Santiago de Compostela, ni en Toledo, ni mucho menos en Madrid o en Barcelona, le dan tanta importancia a su arzobispo, que aquí es una autoridad indiscutible. Por eso, lo que haga la Iglesia en Sevilla alcanza una repercusión que no es comparable a otros obispados. Para bien y para mal. En esta crisis del coronavirus, la Iglesia hará lo que debe hacer, como ha recordado el arzobispo, Juan José Asenjo, que es ponerse al lado de los pobres que ya existían y de los empobrecidos que se ven venir en el horizonte.
POR desgracia, esta crisis del coronavirus está abriendo una brecha entre los profesionales sanitarios españoles y los políticos. La gestión del Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es patética. No se trata de buscar votos, ni de intereses políticos, sino de decir la verdad. Tenemos alimentos en los supermercados, que están abastecidos, aunque el Gobierno los culpó de la ruina de los agricultores, que también están funcionando bien. Pero falta material sanitario para los profesionales y para el público. Podemos comprar un kilo de naranjas, pero no una mascarilla para protegernos. Porque no llegan a las farmacias. Y, por si fuera, poco, el coordinador de Emergencias, Fernando Simón, que está demasiado nervioso, ha humillado e indignado a los farmacéuticos de toda España.
HUBO un tiempo feliz, antes del coronavirus, incluso antes de la crisis de 2008, en que los diarios venían llenos de anuncios para comprar segundas residencias. Era como un estatus para una sociedad que prosperaba con Aznar, que se reía con Zapatero, y que sucumbía a los encantos seductores del boom del ladrillo. No era una novedad, exactamente, pues desde siglos pasados en Sevilla hubo familias que pasaban el otoño, el invierno y la primavera en la ciudad, mientras que en verano se iban al chalé del Aljarafe, en Villanueva del Ariscal, en Valencina de la Concepción, en Olivares, en Salteras, en Gines o donde cada cual se buscaba el terreno. Las temperaturas aljarafeñas, más suaves y menos insoportables, siempre hicieron de reclamo.
EL tiempo quizás sea el bien más preciado que recibimos al nacer, pero es irrecuperable. En estos días aciagos de encierros, cuando hablamos de las pérdidas económicas, de las medidas del Gobierno y la Junta para paliarlas y de la gravedad de la crisis que nos espera, hay que valorar la devastación de los sentimientos que ha causado el coronavirus. Lo espiritual, más allá de lo material. En Sevilla se llevará por delante muchos negocios recientemente inaugurados, e incluso proyectos en construcción. Ese gastrobar que abrió en la calle Julio César, esa confitería familiar de Los Bermejales, esa tienda de la calle Francos puesta con tanta ilusión… Detrás de un negocio también hay personas, a las que el destino ha golpeado sin piedad.
EL estado de alarma será prorrogado durante dos semanas más, hasta el 12 de abril. Significa que la gente permanecerá encerrada en sus casas como mínimo durante cuatro semanas, y que el periodo de exilio interior (pues de eso se trata) incluye toda la Semana Santa. Conviene no confundirse con las disposiciones del Vaticano, que hizo públicas el cardenal guineano Robert Sarah, prefecto de la Congregación del Culto Divino. La Semana Santa se celebra en Semana Santa. Esto es muy importante. Es decir, que el 5 de abril se celebran las misas del Domingo de Ramos, el 9 de abril los oficios del Jueves Santo, el 10 de abril los del Viernes Santo, el 11 de abril las vigilias pascuales y el 12 de abril las misas de Resurrección. ¿Fin del confinamiento ese día? No se sabe. Todo depende.