EL arte sacro de Andalucía, en general, y de Sevilla, en particular, está marginado. Ha sido oportuno que el presidente de la Asociación Gremial de Sevilla, que es el bordador Paquili Carrera, haya alzado la voz para recordar que pagan el IVA del 21%. Igual que las sillas de la carrera oficial. La gente inteligente no entiende por qué los tributos de las cofradías y el arte sacro salen perjudicados. Es decir, por qué a los de la farándula les redujo el IVA del cine un Gobierno del PP, con Cristóbal Montoro de ministro, después de una gran campaña orquestada, mientras que el Gobierno del PSOE y Unidas Podemos, cuya titular de Hacienda es la sevillana María Jesús Montero, ya está diciendo que no se puede rebajar el IVA de la carrera oficial al 10%.

AL mencionar las masas a la sevillana no me refiero a los calentitos, que están evolucionando hacia el modo churros madrileños de San Ginés, sino a la tendencia masiva que existe en la ciudad. Aquí todo lo que no provoque una bulla/masa se considera triste, que no es lo mismo que serio, como se recuerda en las cofradías de negro. Triste sería que se cargaran la Semana Santa de este año. Y no me refiero a prohibir las procesiones a causa del coronavirus, que gracias a Dios todavía no ha provocado ninguna muerte en Sevilla, sino a que la gente de Madrid y de más lejos se acongoje y no venga; o muchos sevillanos no salgan y la vean por televisión, como si fueran enfermos e impedidos. Es decir, ampliar el fenómeno miedoso de la Madrugada al resto de los días. Sólo faltaría que el teniente de alcalde Cabrera extienda la ley seca.

LAS protestas que organizaron los agricultores la semana pasada en Sevilla han sido simbólicas. Cortaron las cuatro autovías de acceso. Con su actitud establecieron una frontera alegórica entre la Sevilla urbana y la rural. Puede que esa sea la madre de todas las batallas agrarias. La culpa no es sólo de los hipermercados ni de los distribuidores. La culpa no es sólo del Gobierno del PSOE y de Unidas Podemos, que basa el conflicto en repartir subsidios mejorados, aplicando la receta que mejor conocen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias: chupar de la teta del Estado, en vez de ordeñar la vaca. Sin embargo, puede que en el fondo del asunto esté el divorcio entre el campo y la ciudad, que tanto se nota en una Sevilla cada vez más urbana y menos agraria.

ESTÁ pasando lo previsible, lo que se sabía que iba a pasar. En cuanto han comprobado los efectos reales del Covid-19, que van a ser ruinosos para la economía, están poniendo las cosas en su sitio. El consejero de Salud y Familias, Jesús Aguirre, con ese desparpajo que le caracteriza, ya ha dicho que esto se verá pronto como “una gripe nueva que ha llegado”, y hasta se ha referido a “la banalidad del coronavirus”, cuya mortalidad es mínima, apenas del 2%, y generalmente en pacientes con otras patologías, como se sabía desde el principio, mientras propagaban el alarmismo. Uno de los problemas del coronavirus es la penosa gestión global, empezando por la OMS.

HAN pasado 40 años desde aquel 28 de febrero de 1980. Entonces yo era un joven que lo vivió de cerca. Entonces yo era un joven que informaba de aquel acontecimiento, por lo que no hace falta que nadie me lo cuente. Entonces, en ABC de Sevilla, ejercía como redactor jefe Antonio Burgos, el director era Nicolás Jesús Salas y los redactores de Política Andaluza éramos David Fernández Cabeza y yo. Después del referéndum, David tomó otros rumbos y a mí me faltó poco. Tal fue la esquizofrenia informativa, en una Andalucía bipolar, zarandeados entre las convicciones y las presiones. Por eso, el acto de hoy es evocador. Aquel referéndum no se hubiera ganado sin Manuel Clavero y sin Rafael Escuredo, ni tampoco sin Antonio Burgos.