ESTE Juan Carlos al que me refiero no es el emérito, sino el demérito. Es decir, el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo. Aunque nacido en Osuna (Sevilla) se le considera gaditano como tú, por méritos propios, y un representante de la provincia, que consiguió otro ministerio, como Fernando Grande-Marlaska, que fue representante de la provincia, pero nunca fue considerado gaditano como tú, si acaso transeúnte del Campo de Gibraltar, donde tanto trabajo tiene. Pues bien, me refería a Juan Carlos, que pasó sin apuros sus primeros días ministeriales, desapercibido como los buenos árbitros, pero ahora le están cayendo los marrones.

ESTÁ siendo muy comentado el libro póstumo de Juan Marsé, titulado Viaje al sur. La provincia de Cádiz es la que más aparece, y aporta una visión social, aunque parcial y anecdótica. El escritor llegó en octubre de 1962, y pasó por Jerez, Sanlúcar, Chipiona, Rota, El Puerto, Cádiz, Chiclana, Vejer, Barbate, Tarifa, La Línea y Algeciras. De esta última dice: “Es la ciudad más fea de cuantas hemos visitado”. Entre lo mejor está el capítulo de la miseria en el barrio de chabolas de El Zapal, en Barbate de Franco, con las impactantes fotos que hizo Albert Ripoll. El libro no se publicó entonces, y está superado por las obras mayores de Marsé. Pero interesa como testimonio social y de costumbres, y por su mala leche hacia los que despectivamente trataba como escritores de provincia.

PARTIMOS de una base científica: los llamados científicos, al principio de la pandemia, no tenían ni idea del Covid 19. Recordemos que a principios de marzo de este año (hace apenas seis meses), cuando preparaban las manifestaciones del 8-M y el mitin de Vox en Vistalegre, la OMS decía que no existía una pandemia en el mundo. Y que cuando descubrieron que sí, pocos días después, y ya había empezado el estado de alarma en España, afirmaron que las mascarillas eran innecesarias. Ustedes pensarán que la OMS tiene poco de científica, y es verdad, son burócratas bien pagados que se enteran tarde. Pero también es cierto que los científicos aún no han conseguido una vacuna de confianza. Y lo que es peor: tampoco un tratamiento eficaz para curar a los enfermos. Hay varias opciones, que prueban según los casos.

LOS últimos días de septiembre son los más tristes del verano en Cádiz. Ha entrado el otoño oficialmente (aunque aquí se intenta estirar el verano hasta el día del Rosario) y en la playa se percibe esa decadencia de lo irreparable, con los niños en los colegios donde empezaron el curso a trompicones, con los padres que trabajan o puede que teletrabajen entrenándose para otro confinamiento. Estos días flota en el ambiente un miedo a lo desconocido. No sólo a las segundas olas, que son más asumibles en una ciudad donde fue frenado un maremoto en la calle de La Palma, sino al qué pasará. Estamos gobernados por personas de decisiones impredecibles, que pueden salir por la vía de Tarifa, o vaya usted a saber por dónde.

EN estos días, cuando empieza el otoño, Kichi está disfrutando su merecida baja por paternidad, pero Martín Vila ya no es alcalde accidental. Así que Martín el Memorioso (apodo de resonancia borgiana), con permiso o sin permiso de Demetrio Quirós, va a aprovechar para tener minutos de gloria con algunas ocurrencias. Ha empezado con la propuesta de retirar el Premio Libertad Cortes de Cádiz a Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia, por las acusaciones en su país. Como se ha recordado, también se lo podrían retirar a Lula da Silva, ex presidente de Brasil, al que se lo concedió el Ayuntamiento de Teófila, ya que ha pasado 17 meses en la cárcel. Pero bueno, no se trata de eso, ni de desplumar la lista de los premiados. Se trata de que no sigan escarbando en el pasado que ya pasó, en vez de trabajar mirando al futuro. Y que recuerden el dicho: “Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita”.