VER a la Virgen de los Reyes bajo luces y guirnaldas de Navidad, entre aplausos de un público ajeno al de sus fieles regresados de las playas o peregrinados desde los pueblos del Aljarafe, que sí estaban, pero mezclados entre una legión de turistas, de curiosos y de compradores de lotería que han convertido la administración de El Gato Negro en la versión sevillana de Doña Manolita. Ver a la Virgen de los Reyes entre aplausos, sin venir a cuento de nada, o entre unos murmullos de charlas tan ajenas y distantes a los silencios de su día. Ver a la Virgen de los Reyes llevada por su cuadrilla de costaleros de Bejarano, con la Banda Municipal interpretando Esperanza de Triana Coronada, Campanilleros, y otras marchas de lo más festivas, como si el palio de tumbilla se tornara en tumba de los costaleros.
SE aproxima el puente de la Constitución y la Inmaculada. Unos lo aguardan con alegría y otros con recelo. Estamos en un momento delicado de la normalidad pandémica, diciéndole a la gente una cosa sí y la contraria también, con lo cual aciertan y se equivocan a la misma vez. Este puente es de altos vuelos, de los que algunos privilegiados disfrutan desde la tarde del viernes 3 a la noche del miércoles 8. Casi una semanita, que nos parecerá bastante santa en Sevilla, ya que saldrán procesiones extraordinarias y ordinarias. Además de las veneraciones (antes besamanos), que afrontan su temporada alta: de la Inmaculada a la Esperanza. Y con la exposición y venta de dulces de conventos en el Alcázar. Estamos como si todo y como si nada.
LA fecha de caducidad del alcalde de Sevilla, Juan Espadas, como los demás de España, se prolonga hasta mayo de 2023. No hay prisas por consumirlo antes. Es curioso lo de Espadas. Por un lado, consideramos un sinsentido que abandone el cargo para el que fue elegido por la mayoría simple de los sevillanos, con el apoyo posterior de la izquierda irreductible, y algún cablecito de Ciudadanos, por la vía de Álvaro Pimentel. Y, por otro lado, están los impacientes, que quieren la retirada de Espadas ya, que renuncie ya a la Alcaldía y que nombre ya un alcalde que además sea ya el candidato para las elecciones de 2023. Lo preferible para el PSOE sería que Espadas siguiera. Tendría un altavoz mejor como alcalde que como senador por la cara. Y si le falta tiempo, que se busque un buen teniente de hermano mayor, pero sin soltar la vara.
EL pasado domingo salió en su paso la Virgen del Amparo, que tradicionalmente ponía el broche de oro al ciclo de procesiones de gloria en Sevilla. Aunque no es lo mismo, cuando cerraban las puertas de la Magdalena recordaba al Sábado Santo en San Lorenzo, cuando entra la Soledad. Al retornar a su templo la Virgen del Amparo, se veía más cerca el resto del calendario: las fiestas de la Inmaculada y la Navidad, que cerrarían otro año. Y el quinario del Señor del Gran Poder, que abriría el siguiente. El ciclo de glorias empezaba con la Alegría de San Bartolomé y se cerraba con esa alegría en la Magdalena. En los últimos años han inventado más procesiones. Y en 2021, además, saldrán dos extraordinarias: la del centenario de la Candelaria el 5 de diciembre. y la Virgen de los Reyes el 7 de diciembre por el fin de una pandemia que aún no está finiquitada. Ahí quería llegar…
LA Misión del Gran Poder también le ha venido estupendamente a la Cabalgata de los Reyes Magos. Hace un mes y medio o así se hablaba mucho de las pruebas de fuego. Algunos que tienen vocación de dirigentes del Cecop decían: “la Cabalgata de los Reyes Magos será la prueba de fuego para la Semana Santa”. Hasta que ha salido a las calles el Señor del Gran Poder, y ya no se buscan más pruebas de fuego, porque la prueba era esa. Así, la Cabalgata de los Reyes Magos, que organiza el Ateneo entre elecciones y elecciones (elecciones municipales y elecciones de la Docta Casa), vuelve a su cauce. Alberto Máximo Pérez Calero, que no se va a presentar a la reelección, ya podrá descansar, con satisfacción razonable, después de 12 años de presidente, en los que ha reforzado el arraigo ciudadano que conviene al Ateneo para no parecer más rancio de lo estrictamente necesario.