AL nuevo alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, como a todos los cargos institucionales, se le deben conceder 100 días de confianza, más o menos. Aunque su primera decisión, con la remodelación, deja dudas sobre la futura gestión municipal y se intuye que puede empeorar lo que había. Afrontar un recambio en la Alcaldía, a falta de menos de un año y medio para las elecciones municipales, no aparecía en el guion de mayo de 2019, cuando Juan Espadas fue el candidato más votado en Sevilla. Entonces tampoco había llegado la pandemia, dicho sea de paso, y Susana Díaz ejercía la oposición a la Junta y aspiraba a seguir liderando el PSOE de Andalucía.

LAS vacaciones de Navidad comenzaron con el futuro alcalde de Sevilla, Antonio Muñoz, y el presidente de la Diputación Provincial, Fernando Rodríguez Villalobos, confinados tras dar positivo en las pruebas de coronavirus. Se unían así a los políticos que han sufrido la enfermedad o han guardado cuarentena por ser contactos estrechos. Si repasamos la lista de políticos sevillanos y andaluces contagiados, nos encontramos a muchos del PSOE y del PP, pero también de los demás partidos. En la mayoría de los casos no se ha respetado la privacidad, quizá porque son personajes públicos. La privacidad se olvida en las enfermedades. A unos enfermos les gusta contarlo, porque les ayuda a superarlo, pero a otros no, porque también puede causar perjuicios psicológicos y hasta económicos.

ERA vecino en las páginas de Opinión de Diario de Sevilla todos los jueves. Expresaba sus ideas con esa hondura intelectual que atesoraba, y que a veces se atribuía a una espiritualidad de otros tiempos, cuando en realidad es el presente por encima de las coyunturas. Vivió entre el cielo de sus monasterios y entre el suelo de su Alfalfa. Allí estaba el núcleo esencial de sus amores urbanos, ampliado por toda Sevilla, por Umbrete, y por sus refugios más íntimos. Sobre todo lo personal, prodigaba la amistad y el buen trato, un componente básico de su sabiduría como médico y como escritor, investigador y académico.

LA salida de Juan Espadas, tras la aprobación del presupuesto municipal, estaba cantada. Ninguna sorpresa. Ha sido una faena de aliño, trasteando por lo bajo. Y con una metisaca final: lo sacan de la Alcaldía y lo meten en el Senado, por darle otro cargo mientras tanto. Todo con transparencia, eso sí, pues lo hace sin disimulo. Está por ver que tenga un coste político o no. Para el presupuesto esta vez no ha mirado a Ciudadanos, que estaba con sus primarias de cara a la galería, sino a los restos del naufragio de Adelante, que han ido hacia atrás, y de cuatro concejales que tenían han sacado tres grupitos (Podemos, IU y la no adscrita), aunque todos cabían en un taxi. Es un aviso para lo que le espera en Andalucía: si alguna vez tiene que pactar ya sabe cuáles son los votos que siempre va a tener a su servicio. Esa izquierda es pragmática.

VER a la Virgen de los Reyes bajo luces y guirnaldas de Navidad, entre aplausos de un público ajeno al de sus fieles regresados de las playas o peregrinados desde los pueblos del Aljarafe, que sí estaban, pero mezclados entre una legión de turistas, de curiosos y de compradores de lotería que han convertido la administración de El Gato Negro en la versión sevillana de Doña Manolita. Ver a la Virgen de los Reyes entre aplausos, sin venir a cuento de nada, o entre unos murmullos de charlas tan ajenas y distantes a los silencios de su día. Ver a la Virgen de los Reyes llevada por su cuadrilla de costaleros de Bejarano, con la Banda Municipal interpretando Esperanza de Triana Coronada, Campanilleros, y otras marchas de lo más festivas, como si el palio de tumbilla se tornara en tumba de los costaleros.