HE conocido como periodista a tres arzobispos nuevos en Sevilla (Amigo Vallejo, Asenjo Pelegrina y Saiz Meneses), y a los tres les colocaron etiquetas al poco tiempo de llegar. La etiqueta es como un sambenito, que se basa, generalmente, en la impresión causada a los cofrades. La etiqueta tiene tela marinera, cuesta mucho trabajo cambiarla, y se centra en cuestiones que no siempre son las propias del pastor de la archidiócesis. No entraré en detalles, por no enredar. El actual arzobispo, José Ángel Saiz Meneses, llegó de Tarrasa (Barcelona) con algunas lecciones aprendidas, y con un peón de confianza, que es de mucha ayuda en los quites. Ha caído bien a la feligresía, que es lo más importante, según parece. Pero don José Ángel tiene más hondura. En su intervención del martes, en el foro de la Fundación de la Cámara de Comercio, se le notó, y también se vieron algunos riesgos del etiquetaje.
A veces es oportuno recurrir al sabio refranero español. Hay uno que dice: “A falta de pan, buenas son tortas”. Es lo que ha pasado en Sevilla con las alternativas de la SE-40. A falta de túneles, que nunca construirán, lo menos malo será el puente guay sobre el río, que ya está en periodo de alegaciones. Parecía ideal construir el túnel (o los túneles, por mejor decir), pero seamos realistas: no habrá marcha atrás. En esas circunstancias, el puente es una opción menos mala que dejar la SE-40 interrupta. Y ahora lo que se debe exigir, desde la maltratada Sevilla, es urgencia en las obras.
SE le debe reconocer a Juanma Moreno Bonilla que ha triunfado. Su propuesta de cepillarse el impuesto del patrimonio, para que los ricos vengan a Andalucía, ha sido muy comentada en Madrid y en Barcelona. Eso ya es genial. Pues en Madrid y en Barcelona los asuntos andaluces importan lo mismo que en Sri Lanka o Mozambique. Sólo son noticia cuando el PP gana con mayoría absoluta donde siempre gobernaba el PSOE, o cuando condenan a dos presidentes de la Junta en el caso de los ERE. Por eso, que hablen hasta los independentistas, aunque sea mal, es rarísimo.
A propósito de la ley de capitalidad, ha vuelto el debate sobre los objetivos de Sevilla. También sobre los liderazgos en la ciudad. Por su importancia histórica, y por condiciones objetivas, Sevilla debe aspirar a ser la tercera gran ciudad de España, con Madrid y Barcelona. Pero no como una tercera en discordia, sino formando una trilogía que aporte coherencia. Madrid es la capital de España y acapara todo lo que puede. Barcelona, a pesar del independentismo de la Generalitat, sigue ocupando una posición estratégica en la economía y es el eje mediterráneo, en combinación con Valencia, que no ha sabido aprovechar el traslado de algunas sedes empresariales, tras el referéndum ilegal de 2017. Y Sevilla…
EL río Guadalquivir recupera protagonismo con los fastos programados estos días para conmemorar el V Centenario de la primera vuelta al mundo. Han pasado 500 años (o lo que es igual, medio milenio), desde que Juan Sebastián de Elcano y 17 supervivientes llegaron al puerto de Sevilla, tras la hazaña de la circunnavegación que tan bien narró Antonio Pigafetta en su libro. Lo primero que hicieron aquellos héroes fue una procesión extraordinaria para postrarse ante la Virgen de la Victoria. Se espera amplia participación en los eventos, pues aquí gusta mucho una efeméride, y se conmemoran a lo grande. Se demuestra con este festival que el río Guadalquivir sirve para todo, pero que atravesarlo de una orilla a otra depende de por dónde, como se aprecia con los túneles de la SE-40.