SON malos tiempos para la lírica. Estamos teniendo una triste racha de fallecimientos. Puede que ocurra siempre, por desgracia, pero en algunos momentos se nota más. Y en este caso se nota mucho, porque ha fallecido Gonzalo Córdoba, que era una referencia para Cádiz. Sin ánimo de hacer la competencia a Pepe Monforte y sus discípulos de las cosas de comer, se debe catalogar a Gonzalo como el verdadero padre de la buena cocina en Cádiz. No de la nueva cocina, que otros inventaron después, sino de la buena cocina, que ya estaba inventada por las madres y las abuelas. Pero había que ponerla en un restaurante gaditano de categoría. Y eso es lo que consiguió Gonzalo Córdoba, hace más de 60 años, cuando abrió El Faro.

SE nota que en Cádiz quedan ya menos lectores de José María Pemán. Este escritor gaditano calificó a la ciudad como “señorita del mar y novia del aire”. Debería estar grabado en alguna lápida, de las que suprimieron los rencorosos del odio histórico. Y significa que Cádiz es tan importante para el mar como para el aire. Cádiz es más bonito a vista de pájaro. Cádiz desde el cielo es una ciudad privilegiada. Y he escrito otros artículos en defensa de las torres miradores. Algunas se han perdido y otras siguen en el proceso de destrucción. Por eso, construir unos adefesios en las azoteas es pecado mortal y la Comisión del Patrimonio no lo debería consentir, si es que esta comisión sirve para algo.

COMO ya se acabó lo que se daba del Carnaval, que duró dos meses o por ahí, una jartura, y ya no escribe doña Cuaresma (que no soy yo, ni lo he sido nunca), le voy a echar un cable a esa distinguida señora, ya en pleno tiempo cuaresmal. Para decir que la temporada de borrascas nos ha sacudido en un momento que obliga a pensar en lo ocurrido. Llegaron las borrascas justo a tiempo para el Carnaval. Una borrasca divina disolvió un botellón en la plaza de la Catedral cuando cayeron granizos y chuzos de punta en blanco. Así se disuelve un botellón. Si no es a manguerazos, con un buen chaparrón.

HA muerto la viuda de Fernando Quiñones. Así me comentó un amigo por Whatsapp la noticia de la muerte de Nadia Consolani. Y esa forma de decirlo me hizo reflexionar sobre la fugacidad de las cosas mundanas y el papel que desempeñamos según las circunstancias. Porque ella era la viuda de Fernando Quiñones, y quizás en los últimos años de su vida ejerció más ese papel de viuda que antes el de esposa cuando el escritor estaba vivo. Sin embargo, antes y después de que falleciera Fernando, ella era por encima de todo Nadia Consolani, una mujer con su propia personalidad, que quizás estuvo algo tapada por la popularidad del escritor.

SE van a cumplir cinco años desde que empezó el confinamiento del Covid. Es curioso que el Gobierno intente perpetuar la memoria histórica de un dictador que murió hace 50 años y no nos acordemos apenas de lo sucedido hace sólo cinco años. El estado de alarma duró 100 días (3 meses y 8 días), en los que permanecimos encerrados en nuestros domicilios con pocas excepciones. Las medidas se fueron relajando gradualmente, aunque con algunas decisiones tan discutibles como no poder viajar de una provincia a otra, sin tener en cuenta los kilometrajes de las distancias. Es decir, que se podía ir desde Cádiz a Alcalá del Valle, pero no a El Cuervo o Lebrija.