CON las vacunas del coronavirus está pasando lo mismo que con el carro de Manolo Escobar. Si ahora hubiera un Carnaval como Dios manda, un COAC de gran categoría, como diría Juan Manzorro, en el popurrí podrían cantar: “Mi vacuna me la robaron/ estando de romería/ mi vacuna me la mangaron/ anoche mientras dormía”. Ya sé que ahora tampoco hay romerías, pero es una licencia poética chirigotesca. Nadie ha sabido nunca dónde estaba el carro, y tampoco nadie sabe dónde están las vacunas. Las de Pfizer desaparecieron como por arte de magia, como por un encantamiento del Mago González. Y las de AstraZeneca parece que las han retenido en la pérfida Albión. Vamos a dar una pista: a lo mejor hay algunas en Gibraltar, como el chocolate en los tiempos de Franco, y se pueden conseguir en el contrabando. Con permiso del cierre perimetral.

CON el pasar del tiempo, cuando recordemos a don Juan del Río Martín, se citará que fue uno de los fallecidos en la pandemia del Covid-19. No con un número más, como tantos otros a los que no conocemos, sino que el arzobispo castrense de España fue uno de los caídos ilustres en esta batalla. Debería servirnos de recordatorio: el enemigo va en serio. Pero las circunstancias trágicas de esta pandemia sin distinciones (como si el coronavirus pintara un cuadro de postrimerías de Valdés Leal) no pueden alterar lo esencial: don Juan del Río era un hombre santo contemporáneo, un ejemplo a seguir para quienes le conocimos y disfrutamos de su amistad. Un hombre santo, por otra parte, al que no se le podía dar coba, pues conocía las debilidades humanas y era capaz de desarticular las hipocresías. Siempre con su talante sencillo, que no incauto.

CON la Aduana hemos topado, ojú… Está la gente pendiente del coronavirus y de si van a cerrar el bar de la esquina, de si los van a confinar en sus casas, de si van a suspender las clases presenciales en los colegios (también tienen alguna repercusión en el aumento de los contagios, según parece) durante dos semanas; en fin, de asuntos que afectan a lo esencial de verdad: la salud, el dinero y el amor. Cuando, de repente, se nos aparece la Aduana de Cádiz, como en una cortina de humo, como una fantasmagoría entre la niebla de otros tiempos. Y, para colmo de curiosidades, con Martín Vila y Kichi aliados con el PP y su Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Cosas veredes…

LOS buenos gaditas se rasgan las vestiduras porque se van a quedar sin actividades en Carnaval y en Cuaresma. Pasa lo de siempre: está muy bien la prevención, yo la defiendo, pero si nos vamos a encerrar en casa, que obliguen (y no sólo lo recomiende el consejero Aguirre) y que sea para todo. Y, además, hay que graduar y medir los casos. Se deben evitar tajantemente actos multitudinarios, a los que asisten en Cádiz grandes concentraciones de personas. Por ejemplo, los actos callejeros del Carnaval o las procesiones de Semana Santa. A ellos acuden cientos de personas, que no guardarían las distancias de seguridad, ni habría policías suficientes para controlarlo.

 

Vamos a empezar por el Carnaval. Nuestro alcalde Kichi, en este asunto, está procediendo con buen criterio. A pesar de su afición, ha entendido que organizar las Galas Carnavalescas del Gran Teatro Falla es absurdo en estos momentos. Sería como un sucedáneo del concurso del COAC, en un año en el que se ha suspendido. Unas galas se pueden organizar más adelante, en cualquier momento del año.

El Carnaval tiene su leyenda de indisciplina y anarquía, pero no es para tanto. En la regulación de sus actividades para 2021 lo están haciendo bien. No pueden cantar nuevos repertorios porque no han ensayado a causa de las circunstancias. Si los coros, comparsas y chirigotas se han sacrificado, los romanceros, las callejeras y todo lo de andar por ahí deben hacer lo mismo. Y si organizan algo, de tipo cultural, debe ser con cautelas, con sosiego, y con aforos controlados.

La Cuaresma no es exactamente lo mismo que el Carnaval, sino más bien lo contrario, desde el punto de vista litúrgico. No obstante, en el tratamiento de actividades externas, es igual. Si no hay agrupaciones callejeras, no puede haber conciertos de agrupaciones musicales. Si el coro de Julio Pardo no canta en la Plaza, la Borriquita no puede ir a la Catedral desde San José. No porque sea lo mismo, sino por el control del público.

Y ahí es donde entran otras dudas. ¿Tiene sentido suprimir un triduo o una misa de hermandad, sabiendo que el aforo no se va a llenar? Hay que tener mucho cuidado con las suspensiones y no ser más papistas que el Papa Francisco. Más peligro presunto que en un templo con 50 personas puede haber en los centros comerciales, o en las terrazas de algunos bares aunque tengan mesas de cuatro contertulios.

Además, dentro de un mes y medio, no se sabe si estaremos mejor o peor. Hay que ser prudentes, sí, pero sin adoptar decisiones apresuradas. ¿Nos vamos a encerrar para todo? ¿O no? Esa es la cuestión.

José Joaquín León

NO hay ninguna provincia andaluza que tenga en estos momentos una situación como la de Cádiz. Sus municipios más poblados están cerrados perimetralmente por su alta incidencia, o a punto de que se adopten medidas más drásticas. Incluida la capital, que entró en la lista negra después de Jerez y San Fernando, y después de las medidas en los ocho municipios del Campo de Gibraltar. Resulta extraño, muy extraño lo que está ocurriendo, porque en la primera ola, allá por la primavera de 2020, Cádiz era la provincia (y la capital) con menos casos de Covid-19, junto a Huelva y Almería. Hasta especulamos con la posibilidad de que beneficiara su clima marinero. Hasta suponíamos que su ubicación geográfica ofrecía alguna ventaja.