EN la ciudad de Cádiz, desde que comenzó la desescalada de la pandemia con el mando único y la cogobernanza, se oye hablar a nuestro alcalde Kichi de asuntos tan interesantes como los siguientes: si le cambia el nombre al estadio y le quita alguna avenida a la monarquía; si la playa se abría este lunes o lo adelantaba al viernes; si elogia a los gordos (y supongo que a las gordas) y por qué será; si debéis comprar en una tienda local o multinacional... Todo ello mientras hay negocios que siguen cerrados, pequeños empresarios y autónomos al borde de la ruina, trabajadores que sabe Dios cuándo volverán a trabajar (si no los contrata la Junta para vigilar las playas), y muchas dudas sobre el futuro. ¿Qué proyectos defienden para su ciudad? Unos esperan las subvenciones que lleguen y otros las limosnas del ingreso mínimo.
EN el Carnaval de Cádiz ya ha salido todo, y una gran parte lo ha sacado Antonio Martín. En el Carnaval de 1998 salió ‘Patio Vecino’, una bonita comparsa, que obtuvo el tercer premio en el sorteo del Gran Teatro Falla. El patio de vecinos es muy gaditano. Desde la azotea de la casa en la que yo vivía cuando era un niño (en el siglo pasado) veía unas peleas de vecinos en el patio de al lado que eran impresionantes. Eran de una ordinariez parecida al pugilato intelectual entre Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados. Sus señorías han confundido el hemiciclo de las Cortes con un patio de vecinos, y montan peleas barriobajeras en las que se retratan. Así se fabrican los trending topics para engañabobos. Como la gordofobia. Y mira que ella está flaca y que el otro le cae gordo a media España.
OTROS años, cuando llegaban estas fechas de final de mayo, ya pasado el Mundial de Motos en Jerez, alcanzaba su esplendor la temporada del atún rojo de almadraba. En estos tiempos, aparecen atunes de presuntas almadrabas durante todo el año. Algunos con muy mala pinta, más rojos que Lenin y Stalin juntos, pero más falsos que Judas Iscariote. Hay atunes a los que congelan y aparecen más sanos que un islandés (de Islandia) después del coronavirus; es decir, como si nada. Pero hay atunes que dan más miedo que los tiburones. Sin embargo, los punteros son los de este tiempo, los que capturan en las almadrabas de Barbate, Conil, Tarifa, o Zahara de los Atunes, como su nombre indica. No olvidarse de Zahara, que allí hacen más cosas que desinfectar las playas con lejía.
EN esta crisis del coronavirus ya hemos perdido definitivamente el sentido del ridículo. La gente del lado derecho dice: habría que escuchar a Pedro y Pablo (y su coro de groupies) si el PP hiciera estas cosas que vemos todos los días. Pero ni el PP ni el PSOE. No es una polémica más de izquierdas o derechas, sino que es un insulto a la inteligencia elemental. Nos toman por imbéciles, y ya hay barra libre para todo. El último ejemplo es el de los muertos del coronavirus. Sorprendentemente, el pasado lunes, desaparecieron de la lista 1.918 muertos. A la gente adicta le pareció de lo más normal. Oye, que no eran uno, ni dos, sino cerca de dos mil. ¿Dónde está esa calculadora, María Jesús?
ALGUNAS semanas antes de empezar el confinamiento, la Diputación Provincial de Cádiz publicó un bonito libro del profesor José Antonio Hernández Guerrero, titulado La soledad de los ancianos. Con un formato manejable, presentación didáctica y algunas ilustraciones del autor, aporta una interesante reflexión sobre dos conceptos que suelen ir unidos: la soledad y la ancianidad. En las circunstancias actuales, el libro es casi profético (o quizá no dejó de serlo nunca), porque incide en la necesidad de no abandonar a las personas mayores, a los que antaño se llamaba viejos y ahora se vuelve a denominar ancianos. Ellos necesitan la amistad y la compañía: “el acompañante sensible, respetuoso, experto y generoso”, según dice José Antonio Hernández Guerrero. Quizás ahora, y en el futuro, más que nunca.