RARO es el trimestre en que no se monta una polémica por las peleas y broncas en la Punta de San Felipe, de Cádiz. La Policía Local, que mantiene un dispositivo fijo y está hasta la gorra de este asunto, ha elaborado un informe en el que ha comparado la situación con otras capitales andaluzas. Según los datos existentes, como se ha publicado, en los últimos 15 años hubo más de 2.900 reyertas en la Punta, donde a partir de 2007 se creó el botellódromo. Significa que las broncas proceden de antes de los botellódromos (en 2004 murió Francisco Gamboa, apuñalado en la Punta); y que suprimirlo, como pretende la Policía Local, no garantiza que Cádiz sea un oasis de paz y seguridad.

LA cabeza política de Irene García permanece en su sitio, de lo cual me alegro. No están los tiempos para carnicerías políticas. La presidenta de la Diputación Provincial mantendrá su cargo, como los demás colegas andaluces. Y tiene mérito, porque algunos pedristas ya habían desenfundado los cuchillos antisusanismo y, de momento, los han guardado. Un pacto para las diputaciones es relativamente sencillo, pues se trata del arte de repartir con cierta generosidad. Ya nadie habla de suprimirlas. Si acaso explican el destino que darán a su sueldecito de diputado provincial, que puede ser suficiente para mantener a un alcalde y repartir a los pobres. Las diputaciones practican la justicia distributiva, por lo que son de interés general. En ese contexto, Irene se había ganado la continuidad en el campo de batalla.

EL nuevo equipo de gobierno municipal de Cádiz ha empezado con buen pie. Me alegro por ellos y por ellas. La impresión inicial no es definitiva, pero aporta pistas. Es muy importante la primera foto. Hace cuatro años quedó para la posteridad aquel desahucio de la calle Benjumeda, cuando un concejal (que no sigue en la Corporación Municipal) apareció con los pies por delante, obstaculizando a la Policía. Esa no era la forma en que un Ayuntamiento debe evitar los desahucios, pero quedó como el testimonio gráfico del populismo. Sin embargo, cuatro años después, la gran foto que nos queda para el recuerdo es la que hizo Kiki del nuevo equipo de gobierno, con el alcalde sosteniendo su bastón de mando, y que parece la nueva junta de una cofradía de penitencia laica.

UNO de los problemas de la política actual es la cobardía. Los partidos están muy pendientes del qué dirán, y así son incapaces de adoptar decisiones por miedo a que no se entiendan, o por incapacidad para explicarlas. En Cádiz los tres partidos de la anterior oposición (PP, PSOE y Ciudadanos) coincidían en lo esencial: el alcalde, José María González, era un freno para el progreso de la ciudad. Pero no se pusieron de acuerdo para presentar una moción de censura al segundo año y cambiar de alcalde. Por  dudas, por no atreverse… Así facilitaron que el personaje de Kichi se fuera asentando y sucediera lo de siempre en Cádiz: cualquier alcalde recibe un plus de votos en unas elecciones municipales. Por eso, lo que ha pasado en Puerto Real debe servir de ejemplo.

HOY será reelegido José María González Santos, popularmente conocido como Kichi, para la Alcaldía de Cádiz. Permanecerá en el cargo durante cuatro años más, si no ocurre algo raro que no se intuye en el horizonte. Dispondrá de una mayoría que es casi absoluta, pero no del todo. Una mayoría más que suficiente para gobernar. Su equipo de concejales ha mejorado en cantidad y, al parecer, en calidad, aunque es una suposición y deberán acreditarlo. Es decir, viene con el sambenito colgado de una mala gestión (o, por mejor decir, de una gestión sin resultados e invisible, excepto en el carril bici), y con el aval de que su buen rollo personal le ha abierto puertas y le ha aportado votos.