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EL alcalde Kichi ha conseguido lo que no pudo nuestro admirado Fermín Salvochea: el cantón de Cádiz. Es cierto que don Fermín lo intentó y que la cosa iba para adelante, aunque resultó ajetreado, y no vamos a abundar en los detalles. También es verídico que Kichi lo ha conseguido por casualidad, gracias al coronavirus y a Pedro Sánchez, que es el jefe de los sanchistas que tanto le repelen, como Fran González y Mara Rodríguez. Pero lo ha conseguido, que es lo que cuenta. No sabemos cuánto le va a durar, más de dos semanas las tiene garantizadas. Incluye la Semana Santa, que este año será sin pasos y sin penitencia detrás del Nazareno.
HUBO un tiempo feliz, antes del coronavirus, incluso antes de la crisis de 2008, en que los diarios venían llenos de anuncios para comprar segundas residencias. Era como un estatus para una sociedad que prosperaba con Aznar, que se reía con Zapatero, y que sucumbía a los encantos seductores del boom del ladrillo. No era una novedad, exactamente, pues desde siglos pasados en Sevilla hubo familias que pasaban el otoño, el invierno y la primavera en la ciudad, mientras que en verano se iban al chalé del Aljarafe, en Villanueva del Ariscal, en Valencina de la Concepción, en Olivares, en Salteras, en Gines o donde cada cual se buscaba el terreno. Las temperaturas aljarafeñas, más suaves y menos insoportables, siempre hicieron de reclamo.
ENTRE los mayores peligros del coronavirus están los focos de los contagios. El alcalde de Alcalá del Valle, Rafael Aguilera, ha protestado por lo que sucede en esta población de la Sierra, de 5.046 habitantes, donde la residencia municipal de mayores ya ha registrado más de 60 casos. Según los datos publicados, de los 39 mayores residentes han fallecido tres y están ingresados 18, por lo que 40 casos positivos corresponden al personal de plantilla y a otras personas. Es un foco que llama la atención. Más aún en una provincia como Cádiz, que aparece entre las tres andaluzas con menos contagios de coronavirus (junto a Huelva y Almería). Juan Marín, vicepresidente de la Junta, reconoce la gravedad y deja caer que al principio se habló de casos del personal, no de los mayores.
EL tiempo quizás sea el bien más preciado que recibimos al nacer, pero es irrecuperable. En estos días aciagos de encierros, cuando hablamos de las pérdidas económicas, de las medidas del Gobierno y la Junta para paliarlas y de la gravedad de la crisis que nos espera, hay que valorar la devastación de los sentimientos que ha causado el coronavirus. Lo espiritual, más allá de lo material. En Sevilla se llevará por delante muchos negocios recientemente inaugurados, e incluso proyectos en construcción. Ese gastrobar que abrió en la calle Julio César, esa confitería familiar de Los Bermejales, esa tienda de la calle Francos puesta con tanta ilusión… Detrás de un negocio también hay personas, a las que el destino ha golpeado sin piedad.
EL alcalde Kichi se ha montado su despachito casero en la cocina para teletrabajar, según hemos visto en el Diario. Está un poco improvisado en la decoración, y se echa en falta algún detalle alegórico, como un póster de don Fermín Salvochea, o una foto del Nazareno, o una máscara que ponga gaditanía en esa cocina-despacho. Pero vamos a lo principal. Aunque el alcalde no es partidario del Gobierno de coalición que montaron Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, justifica que mantuvieran las manifestaciones del 8-M, cuando eso ya no lo justifican ni las asistentes. Se sabía que era peligroso, que facilitaría los contagios, y que la prohibición de actos masivos estaba recomendada por la OMS y por la Comisión Europea. No la suspendieron por una politiquería mal entendida.