DESDE que Juan Ignacio Zoido fue nombrado ministro del Interior, raro es el día en que alguien no se queja porque en Sevilla faltan policías. Antes también faltaban, pero el ministro no era de origen sevillano, sino que era Jorge Fernández Díaz, el de las escuchas telefónicas. Se supone que un ministro sevillano debe barrer para abajo, como barría Felipe González con el AVE. No es tráfico de influencias, sino inclinación natural. Para tráficos ya tiene a Gregorio Serrano, que ha salido indemne de los últimos temporales, a diferencia de aquella nevada. Pero no me desvío: a lo mejor no sólo faltan policías, sino que también sobran delincuentes.

SE habla mucho de las medidas de seguridad en Semana Santa, pero bastante menos de los accidentes callejeros que ocurren esos días. El 6 de diciembre del año pasado se publicó en este Diario una sentencia muy interesante y de consecuencias para recordar. No originó ninguna polémica, porque en aquellos días la gente estaba distraída con la campaña de Cataluña, el encendido de la iluminación navideña, la turismofobia del puente de la Inmaculada y otros asuntos que han perdido actualidad. Sin embargo, la juez de lo Contencioso Administrativo número 4 de Sevilla decidió algo importante: si alguien se cae en Semana Santa al resbalar por la cera en las calles, la culpa no la tiene el Ayuntamiento, ni Lipasam, ni las hermandades, ni los nazarenos... La culpa es de quien se cae.

UN fenómeno portentoso está ocurriendo: obreros en el interior de los antiguos almacenes de Vilima. Allí, en pleno centro (en la encrucijada de las calles Lineros, y Puente y Pellón, con fachadas en Lagar y Buiza y Mensaque), este edificio ha permanecido cerrado desde 2001. Han pasado 17 años de cierre y algunas curiosidades. Algunos decían que habían visto fantasmas en su interior, incluso antes de cerrar. Pero esta vez los que yo he visto no son fantasmas, sino obreros auténticos, con sus cascos, y hasta un camión de la empresa de derribos que está actuando en el interior del edificio para su reconversión. ¿En qué? En un hotel, faltarían más.

POR razones pendulares, de costero a costero, se pasó de una avalancha de carteles de fotografías al retorno a los carteles de pinturas. Así que el Ayuntamiento, el Consejo de Cofradías, la Maestranza y toda hermandad que celebre alguna efeméride de cierto rango se unieron en el empeño de establecer dos niveles de carteles: 1. Los pintados por pintores (que eran los buenos); 2. Los fotografiados por fotógrafos (que eran los vulgares). Contra esa injusticia se rebelaron algunos irreductibles que estaban acostumbrados a revelar.

ESTOY de acuerdo en lo esencial: es preferible prevenir la caída de un olmo en el Parque de María Luisa que curar en el Hospital Virgen del Rocío a la criaturita que sufra el leñazo. Ayer fue   jornada de alerta amarilla opor vientos y lluvia. Dieron la orden de cerrar los parques el 28-F. Partiendo de esa prudencia, sin duda con fundamentos, también hay que decir que si se extendiera la misma vara de medir al callejero urbano, a lo mejor habría que cerrar algunas calles y plazas, donde se cimbrean ejemplares de mírame y no me toques.