EN Sevilla unas cosas se ponen al derecho y otras al revés. No pasa sólo con la carrera oficial de la Semana Santa. A mi modo de ver, lo peor de todo es el Metro. En 2012 dependía de un acuerdo entre el Gobierno central del PP con Rajoy, la Junta del PSOE con Pepe Griñán y el Ayuntamiento del PP con Juan Ignacio Zoido. Desde 2015 debían ponerse de acuerdo el Gobierno del PP de Rajoy con la Junta del PSOE de Susana  Díaz y el nuevo Ayuntamiento del PSOE de Juan Espadas. Y ahora se las prometían felices, porque el acuerdo sería del Gobierno de Pedro Sánchez, la Junta de Susana Díaz y el Ayuntamiento de Juan Espadas. Todos del PSOE. Pero ya ven lo que ha pasado. Y así pasará la gloria del Metro…

HOY es un día de fiesta grande para la mejor Sevilla, que es la que respeta y revive su propia historia. Ninguna ciudad fue tan adelantada y apasionada en el dogma de la Inmaculada Concepción. Algunos dirán que no fue la ciudad, sino los sevillanos. Y es así. Pero no se puede desligar del contexto en el que surge, no se puede ignorar que esa devoción prende en el alma de su gente, se transmite al arte y se instala en la creencia colectiva por el lugar y el tiempo en que suceden. El voto de sangre que formula la Archicofradía de Jesús Nazareno en 1615 es mucho más que un juramento; es la voz que clama en el desierto de todos los silencios. Y así, esa llama de amor viva se ha mantenido encendida, como un cirio blanco de pureza que jamás se apagó.

EN tal día como ayer, hace 40 años, organizaron un referéndum entre todos los españoles para aprobar la Constitución. Se había gestado en las Cortes tras muchas peripecias y discusiones. Fue más difícil de lo que ahora se supone. A esa Constitución le han practicado varios retoques en los últimos 40 años. Casi todos por cuestiones técnicas de adaptación. Sin embargo, cuando se habla de reformarla, se cae en el error de intentar modificarla en su esencia. Se olvida que es el fruto del consenso entre las dos Españas, entre la derecha y la izquierda. Por lo cual, para cambiarla, hay que ponerse antes de acuerdo. Siempre que se enfrente a media España contra la otra media, el final ya se sabe cuál es. Había ocurrido así en los dos siglos anteriores.

HA sido vergonzoso que Teresa Rodríguez y Pablo Iglesias, dirigentes de un partido parlamentario, nada más conocer los resultados de las elecciones andaluzas, dijeran que había que “tomar las calles y plazas”. En Sevilla hubo manifestación hasta las setas, reconvertidas en lugar emblemático de la extrema izquierda. Una manifestación sin permiso “contra los fascistas de Vox”. No pasarán. No ocurrieron incidentes, pero en la protesta de Cádiz (la tierra de Teresa y Kichi) los más radicales quemaron contenedores, hicieron pintadas en la sede del PP, destrozaron comercios, insultaron y agredieron a periodistas y se liaron a pedradas contra la Policía de un país democrático. Esto ya se ha visto en la kale borroka de los pro etarras, en los incidentes de la CUP indepe en Cataluña, o en otros casos. Unos echan la gasolina ideológica y otros prenden la cerilla de la violencia. ¿Así entiende Podemos la democracia?

DECÍAMOS ayer que los resultados de las elecciones andaluzas no son extrapolables a las municipales de Sevilla. Faltan seis meses, que es el tiempo que ha tardado Pedro Sánchez en espantar a la gente. ¿Qué puede ocurrir hasta entonces? No se sabe. Pero es evidente que la posición del alcalde de Sevilla, Juan Espadas, queda más debilitada tras las votaciones del 2 de diciembre. En los últimos meses se daba por descontado que sería el más votado en las municipales y que repetiría como alcalde, aunque no tuviera clara la mayoría absoluta. Se afirmaba que incluso recolectaría votos de una derecha moderadamente satisfecha con su gestión. Sin embargo, ahora todo lo que era sólido puede ser volátil.