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LA derrota del Cádiz ante el Sevilla puede parecer engañosa. Al minuto 90 se había llegado con empate. Fue un duelo competido, en el que el Cádiz tuvo aspectos buenos…
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NADIE se debe fiar de Donald Trump. Ni sus amigos, ni sus enemigos. A todos los ha dejado con las vergüenzas al aire en Venezuela. Ha quedado clarísimo que no le importan los ideales, ni la política. Ni siquiera la economía, sólo los negocios. Y para negociar lo mismo le…

EL nuevo equipo de gobierno municipal de Cádiz ha empezado con buen pie. Me alegro por ellos y por ellas. La impresión inicial no es definitiva, pero aporta pistas. Es muy importante la primera foto. Hace cuatro años quedó para la posteridad aquel desahucio de la calle Benjumeda, cuando un concejal (que no sigue en la Corporación Municipal) apareció con los pies por delante, obstaculizando a la Policía. Esa no era la forma en que un Ayuntamiento debe evitar los desahucios, pero quedó como el testimonio gráfico del populismo. Sin embargo, cuatro años después, la gran foto que nos queda para el recuerdo es la que hizo Kiki del nuevo equipo de gobierno, con el alcalde sosteniendo su bastón de mando, y que parece la nueva junta de una cofradía de penitencia laica.
CON razón, se suele decir que la alegría va por barrios. El sábado le dieron una alegría a los manteros del centro de Sevilla, gracias a la toma de posesión del nuevo Ayuntamiento y a la boda de Sergio Ramos. Como hay los policías que hay, y no se pueden multiplicar como los panes y los peces, estaban distraídos con otros menesteres. Primero, lo principal, que es vigilar el Ayuntamiento cuando llega una nueva Corporación para los próximos cuatro años. Y, por la tarde, primero lo principal, que era la boda del siglo de Sergio Ramos y Pilar Rubio, que atraerá miles de despedidas de solteras y solteros en los próximos meses. De modo que se bajó la guardia, para mayor escarnio de Bimba y Lola.
UNO de los problemas de la política actual es la cobardía. Los partidos están muy pendientes del qué dirán, y así son incapaces de adoptar decisiones por miedo a que no se entiendan, o por incapacidad para explicarlas. En Cádiz los tres partidos de la anterior oposición (PP, PSOE y Ciudadanos) coincidían en lo esencial: el alcalde, José María González, era un freno para el progreso de la ciudad. Pero no se pusieron de acuerdo para presentar una moción de censura al segundo año y cambiar de alcalde. Por dudas, por no atreverse… Así facilitaron que el personaje de Kichi se fuera asentando y sucediera lo de siempre en Cádiz: cualquier alcalde recibe un plus de votos en unas elecciones municipales. Por eso, lo que ha pasado en Puerto Real debe servir de ejemplo.
UNA vez que Juan Espadas ha tomado posesión de la Alcaldía llega el tiempo del nuevo gobierno municipal. ¿Nuevo? Ese gobierno seguirá formado por Antonio Muñoz y Juan Carlos Cabrera. Y algunos más… Muñoz y Cabrera forman el dúo dinámico de las concejalías. Muñoz y Cabrera son como Manolo y Ramón, o como Simon & Garfunkel, puede que incluso como Ortega y Gasset (que era uno, pero parecía dos, porque era él y sus circunstancias), o como los niños de sus ojos. Se dijo que son su mano derecha y su mano izquierda, con cierta guasa, porque Cabrera estaría orientado hacia los rancios y Muñoz hacia los progres, uno con corbata y otro con polito negro. Uno para arañar votos por aquí y otro para conseguirlos por allí. Entre ambos se reparten el pastel, y a los otros y a las otras les dejan alguna ración.
ALGUNOS cadistas, al valorar a Álvaro Cervera como entrenador, lo ponen a un nivel como si fuera Pep Guardiola o Jürgen Klopp. No es para tanto, ni tampoco es un zoquete. Es un entrenador de buen nivel para la Segunda División, donde los hay mejores y peores. Es un entrenador que todavía no ha ascendido a ningún equipo a Primera, ni lo ha clasificado con más de 70 puntos. Al Cádiz lo ascendió en 2016 desde Segunda B, de forma meritoria. Y después, en la categoría de plata, lo clasificó en 2017 para las eliminatorias de ascenso (cayó a la primera); y se ha quedado fuera las dos últimas temporadas, tras penosos finales, en los que desperdició su ventaja.